Me propuse unir los polos más extremos del planeta. Hay una fuerza que me lleva a preguntarme que nos une y nos sostiene en este mundo para trascender cada nuevo día aquí en la tierra. Esa misma fuerza es la que me invita a moverme en busca de nuevas aventuras. Emprender un viaje es una decisión que a veces lleva años de experiencias atreverse a tomar, más aún cuando el viaje forma parte de uno de los desafíos y sueños más grandes de tu vida. Hace un año me encontraba navegando en velero hacia la Antártida, y ya en aquel momento imaginaba cómo sería llegar al Ártico.

Hace un año me encontraba navegando en velero hacia la Antártida, y ya en aquel momento imaginaba cómo sería llegar al Ártico.
El tiempo pasa muy rápido y hoy me encuentro escribiendo en mi diario esta nueva aventura hacia Svalbard, Noruega, el archipiélago que representa el pedacito de tierra más lejano hacia el norte del mundo, situado en el mar glacial Ártico. Es en esta región en donde el día dura cuatro meses. La inclinación de la tierra en su movimiento de rotación deja al polo totalmente expuesto al sol y los días transcurren en un atardecer interminable. El sol no se pone desde abril hasta finales de agosto.
Llegué a Oslo después de un vuelo larguísimo. Ese mismo día viajaba a Lofotens al norte de Noruega, para embarcarme en el velero Tánana que venía subiendo desde la Antártida. Ocurrió que tuve que cambiar mi vuelo y esperar cuatro días en Oslo. Decidí aprovechar el tiempo para dar un paseo, conocer y visitar los impresionantes museos que rinden homenaje a los grandes navegantes, quienes realizaron las expediciones históricas más curiosas de los últimos tiempos. El veranito noruego me invitó a levantarme muy temprano, y salí a caminar bordeando los extensos muelles de los puertos de Oslo hasta llegar a la isla de los museos.
De los tres museos que hay en la isla, me detuve en el Kon Tiki. Durante mi recorrido entendí el motivo del nombre del museo y también qué fue lo que me llevó a quedarme ahí. Me encontré con la historia del navegante y explorador noruego Thor Heyerdahl, quien desde muy joven intentó demostrar que las islas del Pacífico y América del Sur habían estado en contacto por mar, ya que las antiguas estatuas de piedra que se encuentran en ambos lugares son similares. En base a esto, el investigador sostenía que las islas del Océano Pacífico no fueron pobladas desde el Occidente, como se creyó siempre, sino que en tiempos preincaicos los primeros pobladores de las islas de la Polinesia habían sido americanos. La comunidad científica descartó su teoría sin demasiada reflexión, afirmando que era imposible porque los aborígenes peruanos sólo navegaban en balsas de madera. Así que Thor decidió probar sus presunciones a través de su propia experiencia.
Heyerdahl construyó una balsa de madera similar a la de los antiguos pueblos sudamericanos. Llamó a su nave Kon Tiki, en honor al dios que adoraban tanto los antiguos pueblos de lo que ahora es Perú y como de la Polinesia, y se lanzó al mar en 1947 junto a cinco camaradas. La expedición del investigador noruego fue un éxito. En el museo alcancé a traducir un texto en donde se cuenta que la experiencia “significó un viaje a lo desconocido: sólo un hombre a bordo tenía algunos conocimientos sobre navegación y ninguno sabía cómo maniobrar una gran balsa de madera en alta mar. Ese conocimiento se había perdido con los siglos. La balsa misma tenía un diseño desconocido para ellos, y una cantidad de expertos marítimos habían asegurado que se haría pedazos en dos semanas. Si esto sucedía, no había salvación posible para los miembros de la tripulación. Una vez transcurridas las dos semanas, se dieron cuenta de que la balsa podía mantenerse a flote. Durante ese período también aprendieron a conducirla. Quienes acompañaban a Thor eran hombres con capacidad de adaptación, coraje, ingenio y vigor”.
La travesía del Kon Tiki entre Perú y la Polinesia duró 101 días y sentó las bases de lo que hoy se conoce como arqueología marítima experimental. También cambió la vida de los seis hombres que vivieron la experiencia del viaje. Terminé de recorrer el museo y me fui ya soñando con ir desde mi América del Sur hacia la Polinesia.

En Svalbard pude por fin subir al velero Tánana. Sabía que estaba, una vez más, cumpliendo un sueño en mi vida.
Después de los cuatro días de paseo por Oslo, viajé hacia las Svalbard: la tierra de los osos. Descubrí que allí la población no llega a los 3000 habitantes, y que hay más osos que seres humanos. De acuerdo con los términos del tratado de Svalbard, los ciudadanos de cualquier país pueden residir sin tener nacionalidad. En una gran montaña de este archipiélago, se construyó entre 2007 y 2008 el Arca el Juicio Final, un banco mundial de semillas pensado para preservar la biodiversidad del planeta. La reserva es impenetrable ante cualquier desastre global como la radiación, actividad volcánica, tsunamis, terremotos.
En Svalbard, pude por fin subir al Tánana, un velero equipado con absolutamente todo lo necesario para navegar por los mares de todo el mundo. Este barco pertenece a la familia francesa Jeandidier. Patrick, el capitán, me recibió junto a su gente para emprender una nueva aventura. Sabía que estaba, una vez más, cumpliendo un sueño en mi vida. La tripulación estaba conformada por el hermano de Patrick, Frank, junto a su esposa, sus hijas Clementine y Lucyle y su hijo Vik. Se sumaban Jaime, pareja de Lucyle, y Shaina, compañera de Vick. Una familia muy amorosa, llena de luz. Estaban también Silvina y Gael, pura magia y complicidad, amantes del mar y navegantes del mundo.
Partimos desde el puerto de Longyearbyen en Spitzbergen, la isla mayor del archipiélago de Svalbard, situada en la confluencia entre el océano Ártico, el mar de Barents y el mar de Groenlandia.
El verano en el Ártico se hacía sentir: días radiantes de sol y una temperatura de casi 15 grados que nos acompañó durante la mayoría del tiempo. Navegamos bordeando montañas majestuosas nevadas en la cima. Glaciares inmensos crujían y caían al agua desparramándose delante del barco, como marcando territorio en nuestra travesía.
El descongelamiento de los hielos hace al Océano Ártico un lugar mucho más navegable, y esto lo expone a la extracción del petróleo y gas, a la pesca masiva y a la explotación de diversos minerales. Es una zona muy rica en recursos como el oro, la plata, el carbón, los diamantes. En el barco, no podía dejar de pensar en las consecuencias del deshielo del Ártico: según expertos el calentamiento global derretirá en el 2030 el Polo Norte por completo. Y estiman que será un inmenso territorio abierto a la navegación y explotación de su subsuelo. Durante la travesía me sorprendí por la cantidad de ruinas que veíamos al paso, edificios enormes derrumbándose, vigas de hierro y herrajes oxidados, ferrocarriles mineros abandonados. Montañas enteras destruidas para la extracción del carbón. Un escenario que a veces nos hacía sentir en medio de una película de terror.
Bajamos a una isla en donde caminamos entre renos, zorritos, morsas y focas. Y que pasará en poquitos años con ellos, me pregunto… Al llegar a la isla de las morsas, una de las zonas más remotas de Noruega, las vemos reposando afuera del agua. Me detengo por una fotografía. Se mueven despacio como desperezando sus enormes cuerpos de más de mil kilos sobre la arena a orillitas del mar. Qué ser más grandioso y misterioso, es uno de los pocos animales que han permanecido igual, no ha evolucionado a lo largo de los años. En varias culturas del norte, la morsa representa sabiduría y protección.
Después, camino despacio hacia el bote que nos lleva de regreso al velero, bordeando la playa, mientras junto piedritas negras gastadas por el agua, todas con una misma línea blanca perfecta dibujada en su superficie. Una llovizna finita me empapa completa, pero es tanta la alegría por estar habitando este rincón de un mundo desconocido que no me importa el frío, tampoco la lluvia.
Navegar es hermoso, es una sensación tan difícil de explicar: flotar y flotar por el agua helada, salada y profunda. Flotar mirando a la nada, estar en constante movimiento, contemplando la inmensidad de un paisaje que parece infinito, sentir el movimiento en el cuerpo y dejarse llevar. Es como entrar en un estado de meditación profunda, eterno, una paz para el alma que no se acabará jamás.
Entre montañas, icebergs y glaciares navegamos hasta llegar a NY Alesund, una pequeña localidad científica internacional. Se encuentra en la isla más cercana geográficamente al polo norte. Unas 30 personas trabajan permanentemente allí en invierno. Diversos institutos se dedican al estudio de la Tierra y el Ártico. Básicamente estudian dónde está nuestro planeta dentro del universo, su movimiento, cómo evoluciona, cómo va cambiando, y hacen una monitorización de la gravedad y el mar. Aquí se encuentra la estación geodésica más importante del planeta. Está conectada con cada uno de los continentes del mundo, enviando información todos los días del año. En Argentina el punto de conexión está en San Juan, en el observatorio de Barreal.
Me encuentro en el último pedacito de tierra habitado más al norte del planeta, y camino sintiéndome una extraña, tratando de causar el menor impacto posible. Llevo una pistola de bengala en la mochila, como todos los que habitan estas tierras. La presencia de osos polares hace que estemos en constante alerta, estamos invadiendo su hábitat. Me cuesta pensar qué haría si de repente se me aparece alguno. Jamás en mi vida tuve un arma en mis manos y ahora llevo una pistola y un fusil en la espalda. Afortunadamente, no vimos ningún oso durante el desembarco.

En el último pedacito de tierra habitado más al norte del planeta, camino llevando una pistola de bengala en la mochila, alerta por la presencia de osos polares.
Llevo 20 días flotando, viviendo en el agua helada rodeada de picos y montañas nevadas y me siento un ser minúsculo en este mundo de gigantes. Me cuesta muchísimo poner en palabras lo que veo y aún más lo que siento. Los glaciares imponentes derritiéndose parecen estar custodiados por montañas que son pirámides perfectas, hay algo que parece hipnotizarme al mirarlas por mucho tiempo.
El tiempo parece no existir. No llega la noche y rara vez sé qué día es, pero no importa, porque la vida sucede lo mismo, el sol brilla reflejándose en la inmensidad del mar las 24 horas al día. Puedo pasar horas mirado un horizonte. A veces me preguntan si no me da miedo estar tanto tiempo en el mar. Y la verdad es que en el mar encontré el verdadero silencio y la soledad. El mar lleva a reflexionar, a reconectar con nosotros mismos, a estar presentes, a vivir cada instante intensamente y encontrar la alegría. Allí no hay lugar para la tristeza. El mar es misterio, es libertad, purificación y abundancia. Y el agua es el principio, el inicio de nuestra vida. Gratitud infinita a nuestra madre naturaleza por permitirnos habitarla hasta en los rincones más recónditos de este planeta.
Ya de regreso, llegando a Longyearbyen, muy cerquita de la costa, vimos un grupo de belugas. Veníamos navegando a motor, paramos el barco y unas treinta ballenas blancas empezaron a rodear el velero. Nadaban de un lado para el otro, despacito por el agua transparente. Jamás había imaginado ver a estos seres marinos, majestuosos, de tan cerca. Pienso que los seres más extraordinarios sin duda están en el Polo Norte, seres blancos, inmensos y puros. No puedo dimensionar aún en dónde he estado, las imágenes no bastarán nunca para demostrarlo, porque hay momentos que sólo quedarán grabados en mi corazón para siempre.
Navegar en velero por el océano pone a prueba la valentía, el carácter, la honestidad y determinación de cada uno. Percibo en Patrick, en Gael y Silvina una tranquilidad, un ingenio, una resistencia y una claridad mental que los hacen capaces de resolverlo todo. El mar te lleva a aceptar cambios constantes. Las condiciones climáticas pueden pasar de la calma a la furia total sin dar aviso. El mar te enseña a respetar el poder de la naturaleza y su imprevisibilidad. Si el mar no está en condiciones sólo queda esperar, aceptar el clima, enfrentar los cambios y entregarse a lo desconocido. El mar no tiene límites ni fronteras: una vez que te lanzas a él, vas como un granito de sal en esa inmensidad, sintiéndote el ser más ínfimo del planeta.
Por todo eso, antes de salir al mar hay una preparación y planificación exacta para prever todo lo que puede ser previsto. Herramientas, equipos, alimentos, agua, entre otras cosas. Todo está calculado de la mejor manera posible, porque una vez que nos lanzamos al océano estamos solos con el mar impredecible.
Luego de casi dos meses de navegación por el Polo Norte, emprendemos el regreso desde Svalbard hacia Francia. Días y días navegando por el Ártico, por el mar de Noruega, bordeando el mar de Groenlandia, el de Islandia, el Mar del Norte pasando entre Bélgica y el Reino Unido, entramos al Canal de la Mancha, hasta llegar al Atlántico Norte.
En este tramo del viaje, me sorprende la cantidad de infraestructuras y perforaciones que encontramos en medio del océano: enormes plataformas, algunas activas y otras abandonadas, destinadas a la exploración y extracción de los recursos. El Ártico es una zona mayoritariamente de agua, no existe un tratado internacional que la proteja de la explotación. Todos los países con territorios en el Círculo Polar tienen derecho sobre el suelo marino próximo a sus costas. Los activistas ambientales afirman que al permitir nuevas perforaciones en medio de la crisis climática que atravesamos estarían violando derechos humanos fundamentales. Sostienen que perforar el Ártico puede contaminar las capas de hielo polar y derretirlas a un ritmo más rápido.
Navegamos por la inmensidad del océano al ritmo de sus olas enormes, el viento arrasa con las velas y nos lleva hacia el destino marcado en la carta de navegación. Los primeros días de mar abierto son los más difíciles. Intento comer y mi cuerpo no resiste ni un vaso de agua.
Me desperté y el reloj marcaba las tres de la madrugada. De pronto pude ver la noche por la ventanita del camarote. Llevaba viviendo tanto tiempo de día que me tomó por sorpresa la oscuridad. Ese era el anuncio de que mi viaje estaba llegando al final. Me levanté a abrazar a Silvina que estaba despierta haciendo guardia. La noche siguiente el cielo nos regaló auroras boreales y me sentí en un mundo de fantasía, rodeada de tanta magia.

De pronto pude ver la noche por la ventanita del camarote: la oscuridad era el anuncio de que mi viaje estaba llegando al final.
Al llegar a Francia nos despedimos en el puerto de Guilvinec, en la Bretaña francesa. Me fui con el corazón repleto de emociones y sensaciones. Qué bendecida fui en este recorrido, honro y agradezco los aprendizajes y experiencias vividas. Qué suerte la mía de estar habitando está tierra para vivirlo. Si de algo estoy segura es de que quienes emprendemos este tipo de viajes no lo hacemos por suerte, sino por coraje y elección. Nos mueven nuestros sueños y la confianza de que podemos alcanzarlos. Se trata de lanzarse a lo desconocido, lejos del calor del hogar, del trabajo en la oficina, de los abrazos de la gente querida. Creo que viajar así es, en todo caso, otra forma de la aventura que es siempre vivir un día nuevo en este universo abundante e infinito.
Fotos de María Gabriela Vera. Producción audiovisual de Carolina Ramírez – Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM.
5 de diciembre de 2024
María Gabriela Vera
Es realizadora audiovisual. Argentina y cordobesa. Aventurera, curiosa, soñadora. Se formó en la licenciatura en Diseño y Producción Audiovisual de la Universidad Nacional de Villa María (UNVM). Es técnica superior en Administración y Gestión de Instituciones Universitarias. Actualmente se dedica a la producción de contenidos audiovisuales en sus diferentes formatos y géneros para Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM. Integrante y socia fundadora de la cooperativa de trabajo Tándem Audiovisual e integrante de la comisión directiva de la Asociación de Productores Audiovisuales de Córdoba.