Entre papelitos, cuadernos y otros libros
Casi como con el tiempo que llevan las obras, lo que demora una construcción, con ese paso y sobre lo escrito, se va marcando una nueva letra. Cimientos para poder distribuir con confianza y encadenados de soporte alrededor de un hueco, para “primero publicar, después escribir” como afirmó Osvaldo Lamborghini. Publicar es hacer público, y en el obrador guardo bloques de papeles y dieciocho cuadernos con la letra de mi padre. Esteban José “el Bocha” Mazzini es el autor con el que me nombro editora, pero también hija, lectora, escriba.

Escribe mi papá a mano, en lo que tenga a mano, con el corazón en las manos, con las mismas que agarra la pala para cargar arena en su Rastrojero azul.
En el Museo Municipal de Bellas Artes Fernando Bonfiglioli pregunto en voz alta “¿qué es un libro?, ¿qué forma tiene?, ¿cómo se lee un libro?, ¿quiénes escriben y hacen los libros?”, entre otros interrogantes que me acompañan desde hace un tiempo en este proceso de hacerlos aparecer. Esa tardecita me escuchan mi sobrina y mi sobrino, que más luego le ponen sus voces a algunos de los poemas escritos. También me acompañan mi familia y amistades y participan de esta ronda los amigos de mi papá que llegaron desde el Barrio San Martín, sus interlocutores. Algunos de ellos, sin saber ni leer ni escribir participan de lo que llamo “experiencia colectiva de lectura sobre la obra de mi padre” o Cómo aprendí a leer, una activación de la obra Mí papá es inédito.
Detrás de mí, en un escritorio de madera con un cajoncito que me resulta familiar y clavitos en la pared, están cada uno de los papelitos de mi papá junto a sus cuadernos. Levanto, saco algunos dejando ver otros, corro ganchitos, los giro, presento los reversos, encuentro alguna palabra, la muestro.
Confirmo junto a esa comunidad de lectores, vecinos de mi barrio y afectos, que el dispositivo de lectura no tiene una sola edición y que existen múltiples formas de leer, que hay tantas posibilidades de lecturas como lectores que recorren la obra. Cuando me ven accionar para poder leer, armar con algunos movimientos nuevas capas de lectura en lo exhibido, de a poco se arriman y leen este libro conmigo.
Convencida de que podríamos leerlo señalado por otras tantas lecturas e ingresar a él desde distintos lugares, hago hablar el archivo mientras miro de reojo la foto de mi papá que forma parte de ese montaje. Es un recorte de papel prensa donde mi papá sonríe. Lo veo con una remera rayada y el pelo gris brillante peinado hacia atrás. Está parado en las oficinas de El Diario de Villa María, donde lo retrataron cuando llevó un poema que escribió por los 50 años del Anfiteatro Municipal. Mientras miro su foto me gusta pensar que se divertiría con lo que estaba sucediendo, estaría parado con los brazos en jarra y la cabeza levemente inclinada, moviéndola repetidamente, con los labios apenas apretados producto de la emoción. Quizás no podría haber dicho ni una sola palabra y sea por eso que escribió todas las que pudo.
Mi papá es inédito
Mi papá es inédito es un proyecto artístico donde se hacen públicos dieciocho cuadernos con novelas, poemas, acrósticos, cuentos, entre otros textos escritos por mi papá desde su juventud hasta que murió en el año 2017. Él calificó el material como “historias, reflexiones, poemas y pensamientos de todo tipo en cuadernos, ordenados y cuidados en forma de libros”. Es una apertura de lo desconocido, lo inédito, lo que aún no ha sido leído en voz alta en su totalidad. El archivo, además de fragmentos que dan cuenta de su historia personal y una serie de ficciones, es su caligrafía, son los dibujos de cada letra, la insistencia en la escritura y el repaso de cada marca sobre el papel.
Es en el Museo de Villa María donde se inaugura una nueva característica de este archivo: colectivo, porque funciona cuando se comparte, se hace y se lee con otras personas. La forma visual apareció en el tránsito del taller dictado por Cecilia Orso y como obra formó parte de la muestra colectiva Supervivencia. Prácticas artísticas en trama para habitar un museo, curada por la docente y artista en el año 2023.
La obra es un proceso de edición, lectura y escritura donde se exhibe un volumen de palabras escritas en imprenta mayúscula que se escabullen de las reglas ortográficas y se resisten a las indicaciones. Con gran presencia de rimas (sobre todo rimas), el contenido autobiográfico, las amistades, los homenajes, las memorias y ficciones, se encuentran entre capas de texto, entre palabras releídas, tachadas, corregidas y vueltas a escribir.
Montadas decididamente en los márgenes y para ser leídas sin índice, conviven allí insistencias: cuadernos, hojas y papelitos en movimiento. Van de la mesa a la biblioteca y de la mochila al museo, son lecturas que se van con personas y regresan en forma de preguntas, conversaciones, provocaciones y vaivenes entre talleres y prácticas.
En la declaración de obra de Mi papá es inédito escribí que es un ensayo permanente, una práctica y ejercicio de tomar espacios disponibles para continuar con la escritura.
Publicar de esta manera a mi papá es, también, disponer el cuerpo a leer con un gesto cómplice, en voz alta, cada uno de los cuadernos, borradores, apuntes y notas en distintos tipos de papeles. Es un rescate de los zettel (una palabra que conocí hace poco: es así como Héctor Libertella traducía “papelitos”) que completan el material que comenzó a contar “el Bocha” Mazzini, mi papá.
Insistencias en el cuerpo
El autor Esteban José “el Bocha” Mazzini, vecino de nuestra ventosa ciudad, nació el 11 de noviembre de 1957, jugó como defensor para Alumni de Villa María y levantó cada ladrillo de la casa de su madre y la de su familia. Se casó con Adriana De Miguel y tuvo dos hijas: Melina y Lucila. Años más tarde, hizo una hamaca para su nieta Morena y, si bien no llegó a construir el arco para su nieto Esteban, a los dos les escribió poemas celebrando su nacimiento.
La más chica de sus “chinitas” sigue su letra, intentando descifrar las palabras tachadas con rulitos y coleccionando algunos de los tantos papelitos que escribió.
Mi papá escribió siempre, sin biblioteca y con muy pocos estudios. Escribió insistentemente a mano hasta que le dolió, la misma mano con la que agarraba la pala para trabajar. No tiraba nada, arreglaba todo lo que se rompía, guardaba tornillos en frascos de mayonesa vacía, disfrutaba muchísimo de cocinar, comer, de tomar su Gancia, de acomodar su caja de pesca escuchando la radio.
En el año 2017, luego de una operación de esófago, tomó un fibrón y una hoja en blanco y, con la letra temblorosa de saberse con un órgano menos, el hombre que me crió escribió nuevamente sobre el papel, esta vez preguntando por nosotras. Ese es el único papel que conserva mi madre y no forma parte del archivo, no por falta de valor literario sino por si hubiera llegado a ser identificado como su último papelito.
Recorro cada renglón escrito y puedo leer el deseo de mi papá de alcanzar la mayor cantidad de palabras e incorporar nuevas. Un escritor que no va a dejar de escribir hasta ver un ejemplar con su nombre impreso o hasta morir, lo primero que ocurra.
Entonces pienso un libro
Ensayo desde entonces reflexiones sobre los materiales y observo el cuerpo de obra en términos visuales: excesos, caligrafías de la urgencia, ejercicio de la continuidad, los recursos propios, lo casero. Todo eso me traslada a pequeñas publicaciones, ediciones de autor, fanzines, carteles, tarjetas, plaquettes, fotocopias, todos objetos conocidos como no libros.
Mi padre escribía con letra imprenta mayúscula en cualquier papel que tuviera a mano, en el reverso de folletos de carnicería, de publicidades con formas extrañas, en viejos factureros rosas o amarillos, en tiras de papel troquelado. Lo que fuera. Abrochaba y plegaba sus papelitos para conservarlos. Después, pasaba estos borradores con algunas correcciones a talonarios confeccionados por él, armados con hojas más grandes, tipo A4, que le regalaban sabiendo que él iba a utilizar.
En el 2006 viajamos a la Feria del Libro de Córdoba en búsqueda de pistas editoriales, para conocer de qué se trataban, cómo funcionaban y si era posible publicar. Hasta entonces mi papá conocía solamente los concursos de grandes grupos editoriales a los que postulaba y yo lo acompañaba pasando los textos de los cuadernos en una máquina de escribir o en computadora.
Mientras mi papá pensaba en buscar un sello que se interesara por su escritura o evaluaba los costos de publicar un libro, con un grupo de amigas editábamos nuestro primer fanzine: un tríptico fotocopiado hecho a mano en los bancos de la escuela.
Sin saberlo, mi papá se autoeditó. Lo hizo poniendo en circulación entre sus amigos del barrio los cuadernos con las obras finales, a los que le incorporó “páginas de opiniones”. Muchos de sus lectores de entonces participaron de la iniciativa, destacaron el uso de la imaginación y del lenguaje, sugirieron títulos y hasta nuevas historias.
Los cuadernos dan algunas pistas del tipo de libro que podría haberse imaginado. A mí me gusta pensar que se trata de libros con páginas en blanco, una invitación a escribir.
Obro con cada pieza que tengo de mi padre y cuido esta colección para extrañarlo un poco menos. Me encuentro con otrxs para generar que la palabra circule, que todas las personas que lo deseen escriban, “no para que todos seamos artistas sino para que nadie sea esclavo”, al decir de Gianni Rodari.
El montaje realizado en Mi papá es inédito permite leer zonas, no está diseñado para ser leído de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo. Contiene fragmentos de todo el material, incluido lo ilegible, los pliegues, lo repetido, sin ocultar el proceso de escritura, las pruebas, los aprendizajes y correcciones.
Leyéndolo, edité y publiqué a mi papá, que ahora ha dejado de ser inédito.
A dónde me trajo el viento
Sigo trasladando preguntas e ideas escritas con lapicera negra, resaltadas a un nuevo papelito-archivo con un título propio, como para ordenar, hago notas donde tacho, reescribo mis propias palabras con signos de admiración que arman un collage. No abandono, sostengo la escritura donde sea, en un cuadernito, en una caja, exhibida en un museo o en un párrafo marcado de un libro que presto, en la letra familiar, en las conversaciones. Colecciono palabras escritas en papel, en el aire, en el cuerpo, a granel, como montículos de arena gruesa, fina o piedra. No me pierdo del gesto del registro cotidiano, pedalear en contra o en favor del viento, con el juego de escribir con la mente, como dijo la poeta de esta ciudad, Edith Vera. Caminar y llegar en el tiempo indicado para anotar palabras que son espacio, que son aire, flores.
Me despliego como el rollo de papel que me acompaña a cada espacio que visito. Y qué fortuna que el viento me trajo de nuevo, para inaugurar nuevos cruces o continuar con algunos de los intercambios que llevo adelante desde que comencé a producir teatro independiente y que me encontraron, después, haciendo aparecer publicaciones. Soldar con bailarinas, trazar mapas con jardineras, contar historias de trenes con niños y niñas, girar en ronda cantando lo escrito con copleras, escribir con ceramistas, actrices, adultos mayores. Siempre se escribe y de inmediato se produce.
De lo escrito hay rastros y aproximaciones, nuevas colecciones por distintas partes de la casa en pequeños papelitos, carteles, notas y facturas escritas en su reverso, en cuadernos, libretas, agendas, en archivos, cajas y cartas. Escribo y anoto todo lo que puedo, busco en lo escrito algo adentro, recupero una cita extraviada, regalo libros, mando correos como cartas. Alegría que me trajo el viento de andar entre otros libros, escrituras ajenas, bibliotecas populares, archivos escritos a mano, los cuadernos de mi padre y de otras personas que me entregan sus producciones para leer, para coleccionar, para hacer circular.
Haciendo uso de la escritura y la lectura, activé el archivo de mi padre donde edité, leí y escribí para volver a pasar por su letra.
De vez en cuando, ensayo textos como este que están leyendo. También como este otro:
En un sillón de cuerina marrón y un escritorio de madera con un cajoncito escribe mi papá que lleva puesto un buzo bordó algo desteñido y con el puño que está a pocos hilos de quedar abierto en la costura. Escribe mi papá a mano, en lo que tenga a mano, con el corazón en las manos, con las mismas que agarra la pala para cargar arena en su Rastrojero azul. Escribe mi papá de sus aventuras de pesca y fútbol, poemas para sus amigos, cartas para su madre; escribe sobre el barrio en el que creció y en el que pudo completar hasta el séptimo grado de la primaria en “la 296”, la escuela Nicolás Avellaneda del Barrio San Martín en Villa María. Escribe mi papá sin biblioteca, con un proyecto de intercambio de libros y revistas que fracasó en su juventud, apoyado en el kiosco de diarios tomando una Coca de vidrio y leyendo biografías (porque son más baratas y tienen más páginas). Escribe mi papá mientras busca las palabras que no conoce en un diccionario Océano que le compró a un tipo en cuotas, escribe definiciones y piensa cómo aplicar las palabras que acaba de aprender. Escribe mi papá en imprenta mayúscula porque es la letra que aprendió, escribe mi papá con tendinitis por tanto escribir, escribe mi papá mientras espera que alguien lo venga a buscar para hacer un flete o vender unos clavos y clavitos en la ferretería que acaba de montar en la calle Tucumán. Escribe mi papá con el deseo de ser leído, con las ganas de leer su propio libro, de batir un Récord Guinness de palabras escritas a mano, con la convicción de no desperdiciar ningún espacio en blanco. Escribe mi papá y sólo se detiene para llevarme en su Rastrojero a la Biblioteca y de camino enseñarme a leer.
Fotos de Sole Pérez, Lucila Mazzini y Museo Fernando Bonfiglioli. Producción audiovisual de Carolina Ramírez – Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM.
12 de diciembre de 2024
Lucila Mazzini
Nació en Villa María en 1991. Su práctica artística se encuentra entre la escritura, la lectura y la escena. Su trabajo está vinculado al hacer con otrxs en espacios que habilitan cruces de disciplinas y oficios.
Recientemente obtuvo el título de medio oficial de Albañilería en OBRA, Escuela de Formación Profesional UNVM y es profesora de Teatro recibida de la Escuela Superior Integral de Teatro “Roberto Arlt” (UPC).
Fue productora general en la sala teatral y editorial cordobesa DocumentA/Escénicas haciendo aparecer obras, ciclos, residencias y libros.
Desarrolla el proyecto Mi papá es inédito, montando dispositivos de lectura sobre archivos escritos.
Como mujer trabajadora, artista, docente, productora, siempre escribe.