Narrativa

Dorrego 32-62
por Carina Sedevich | Ilustraciones de María Alicia Favot

Something unknown is doing we don´t know what.
Arthur Eddington

Esa mañana de verano de 2025 la nena se despertó deseando tener el plano de la casa donde vivía en 1979. Recordaba muy poco. Lo primero que venía a su cabeza era el piso del comedor, de mosaicos grandes, blancos y negros, que se intercalaban como un damero. También se acordaba de la puerta de vidrio repartido que separaba el comedor de la galería. En su mente, la nena entraba por esa puerta, llegaba hasta la mesa de la cocina, y después todo se iba volviendo cada vez más oscuro hacia el interior de la casa.

Sobre esa mesa, redonda, revestida en acrílico anaranjado, apoyó el estuche del reloj pulsera que le regalaron la mamá y el papá cuando hizo la primera comunión. La nena piensa que se acuerda porque jamás le gustaron los relojes. Recuerda haber abierto sobre esa mesa otro regalo, que apreció más: el libro Corazón, de Edmundo de Amicis. Era un ejemplar grueso, amarillo, de encuadernación frágil. Había un nene vestido de soldado en la tapa. El nene corría y lloraba.

Sobre esa mesa, había que tomarse toda la leche aunque te diera asco. Sobre esa mesa se hacían los deberes y no estaba permitido equivocarse.

Sobre esa mesa, había que tomarse toda la leche aunque te diera asco, porque si no la mamá no te dejaba levantarte. Sobre esa mesa, la comida nunca estaba lo suficientemente buena para el papá, que se enojaba. Sobre esa mesa se hacían los deberes y no estaba permitido equivocarse. La nena recuerda que cerca de esa mesa había una puerta plegable que daba a los dormitorios y al baño, pero no logra evocar ni un detalle de esas habitaciones. Sí sabe que era en su pieza donde pasaba la mayor parte del tiempo, leyendo los libros que le regalaban. Corazón no le gustó mucho, Annie no le gustó nada, Mujercitas fue su libro más amado. 

Ilustración

También recuerda un patiecito que tenía sólo una escalera de cemento que daba al techo. No la dejaban llegar al techo, pero subía la escalera hasta que podía ver, por encima de la tapia, la galería que había al fondo de la casa de al lado. Las vecinas eran unas señoras que a la tardecita encendían un televisor a color. La casa donde la nena vivía en 1979 también tenía galería. La galería de esa casa es muy importante para la nena que se despertó esa mañana de verano de 2025.

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La nena de 2025 todavía recuerda la dirección de la casa donde vivía en 1979. La mamá se la había hecho memorizar: Dorrego 32-62. Se la enseñó así, de a dos dígitos, treinta y dos – sesenta y dos, porque la nena había aprendido las decenas y las centenas pero todavía no los millares. Por si te perdés alguna vez, decía la mamá. Buscás un policía y le pedís que te lleve a tu casa. La mamá tenía miedo de que se perdiera. La mamá tenía muchos miedos. Tenía pesadillas en las que llegaba a la escuela a buscar a la nena y no la encontraba.

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La galería de Dorrego 32-62 es muy importante para la nena porque allí, una mañana de verano de 1979, algo se le reveló. No fulminante como el caer un rayo, sino más bien tenue, como el disipar de una neblina. No estaba la mamá, tampoco estaba el papá. La mamá trabajaba en la universidad y el papá en otra provincia, por eso en esa época había menos peleas en la casa. Con la nena y sus hermanitos, aquella mañana estaba la tía Manuela.

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La tía Manuela no era tía de verdad, pero había sido muy amiga de la abuela que murió antes de que la nena naciera. La nena de 2025 cae en la cuenta de que la tía tendría algo más de sesenta años en 1979. La tía Manuela llegaba con pintura sobre la piel ajada de los párpados, saquito, pollera debajo de la rodilla. Humilde, sobria, impecable. Guardaba su pañuelito bajo el puño de la blusa. Flaca hasta la transparencia, hablaba poco, con voz cascada. Parecía siempre al borde del desmayo. Sin embargo, se reía con ganas y a menudo.

A veces iban a visitar a la tía Manuela. Vivía en una casa muy vieja, tapada por las plantas y la humedad. La nena se quedaba mirando un óleo que ocupaba una pared entera: eran los Reyes Magos siguiendo la estrella que cruzaba el cielo del desierto. Después se quedaba mirando un aparador de madera clara: la puerta tenía una escena de ciervos y árboles pirograbada con mucho detalle. La tía Manuela hacía esas cosas preciosas. Y encuadernaba libros.

Al fondo tenía el taller, de piso de tierra. La nena miraba la gran prensa de hierro, las cuerinas de colores sobre la larga mesa de madera desnuda. Con ese trabajo la tía se ganaba la vida. Vivía a mate, caldo y galletas, decía la mamá. Nunca se había casado y había trabajado en una embotelladora hasta jubilarse. Cuando era joven iba a conciertos, museos, iglesias y me llevaba siempre, decía la mamá, porque no estaba bien visto que una mujer soltera anduviera sola por la calle. 

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Esa mañana de 1979 habían empezado las vacaciones, así que la nena no tenía que hacer deberes ni correr el riesgo de equivocarse. A la sombrita, en la galería, había un juego de mesa y sillas pequeñas, de caño pintado de blanco y madera revestida en plástico de colores. El revestimiento de la mesita era naranja, como la mesa de la cocina. El asiento de cada sillita tenía un color diferente: rojo, azul, amarillo. La nena usaba la sillita roja. Estaba en calzones y en cuero, como sus hermanitos. Descalza. La mamá no los dejaba andar descalzos. La leche chocolatada se fue calentando en el vaso y la nena no recuerda haberla tomado.

Ilustración en blanco y negro


Recuerda el resplandor del sol, el verde de las macetas, la presencia dulce de sus hermanitos. Recuerda el aire tibio en el pecho, el fresco de los mosaicos en la planta de los pies. Algo liviano y fugaz alcanza a sentir, de repente. Algo que ella tenía adentro y no sabía. Algo que esa mañana no comprendía y hoy cree que sí. Por eso la nena de 2025 entrecierra los ojos y busca a la otra, a la nena suspendida por un instante en un haz de luz ligera, la nena del descubrimiento en la galería de Dorrego 32-62.


* Este relato pertenece al libro inédito Los días que existo.

Producción audiovisual de Carolina Ramírez – Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM.

Icono fecha publicación  24 de abril de 2025

Carina Sedevich

Se graduó en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional de Villa María. Cursó el doctorado en Semiótica en el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba. Su obra poética ha sido publicada en diversos países de Europa, Asia, Norteamérica y Latinoamérica y traducida al inglés, al chino, al portugués, al italiano, al polaco y al catalán. Entre otras distinciones, recibió el Premio de Poesía José Pedroni. Dirige Revista Ardea desde la Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM.

 

María Alicia Favot

Nació en Bahía Blanca en 1957. Se formó en talleres y estudios de artistas plásticos de su ciudad adoptiva (Cipolletti, Río Negro) y en los talleres de dibujo y pintura del IUNA. Formó parte del grupo Odisea, un multitaller de pintura, letras y filosofía. Expuso desde el 2000 en muestras individuales y colectivas en nuestro país y en el Museum of the Americas (Florida, Miami-USA). La distinguieron con la “Perla de Mar” en el ciclo Arte Contemporáneo del Museo del Hombre del Puerto de Mar del Plata. Los vaivenes de la vida la llevaron también por el camino de la docencia, el derecho y la escritura. Actualmente ilustra  para la revista de arte y literatura Colofón y para Tanta Ceniza Editora. Es autora del libro Nada que nos ilumine (Factorum, Buenos Aires, 2023).

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Universidad Nacional de Villa María

Secretaría de Comunicación Institucional
Bv. España 210 (Planta Alta), Villa María, Córdoba, Argentina

ISSN 2618-5040

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