La madrugada invernal en que salimos en auto rumbo a Epecuén la niebla fue lo único que vimos por horas. Primero sólo oscuridad, focalizada por dos caminos de luces altas que intentaban cortar la opacidad y terminar con ella. Luego, un gris húmedo que se fue aclarando poco a poco. Así por cinco horas. Fue una manera de trasladarnos a otra realidad donde no hay arriba ni abajo, ni cielo ni liviandad. Lo único que me volvía a centrar en el volante y la ruta era cierto conatus que me obligaba a inferir de ciertas tonalidades de la niebla la presencia de un camión, un auto o una moto. Por momentos lo que veía como realidad se mezclaba con recuerdos anacrónicos con cierta familiaridad. Llegué a imaginarme una niebla con peso, una lluvia de ceniza, imaginaba que de pronto la ruta se volvía pesada y el motor se ralentizaba hasta frenarse totalmente, a pesar de pisar cada vez más el acelerador. Una pesadilla que arrastraba toda humanidad. Imaginaba el auto detenido en el medio de un espacio indistinguible, gris bajo cielo gris, el encierro en el descampado sin arriba ni abajo. ¿Cuánto duraríamos? ¿Cuánto aguantaría el oxígeno? ¿Cuánto aguantaríamos comiendo las galletitas y las manzanas que precavidamente traíamos con nosotros? Se me vino a la mente el recuerdo arrastrado a fuer de cartas, narraciones y crónicas de la erupción del Vesubio, herencia de siglos que la palabra escrita supo resguardar y trasladar.
Cuenta Walter Benjamin en su crónica radial La caída de Pompeya y Herculano que en el año 79 d. C. Plinio el joven intenta escapar de la lluvia de cenizas. Durante ese episodio tenía dieciocho años y después le escribió una carta al historiador Tácito contando su experiencia: la pálida luz crepuscular en vez del cielo, el intento de salir en carro pero la imposibilidad de avanzar por el bamboleo. En un momento llega la noche, pero la noche de una recámara sin ventanas. No se escucha más que los gritos estridentes de las mujeres, las lamentaciones de los niños y los suspiros de los hombres. Unos llaman a sus padres, otros a sus hijos o mujeres, pero sólo se reconocen por la voz. Algunos lloran por su propio destino, otros por el de sus seres queridos, y algunos ruegan que les llegue la muerte por terror a morir. Para muchos la última noche, la noche eterna.
Me vuelvo a concentrar en la ruta. Lejos de volcanes, en algún momento la pampa húmeda por la que avanzamos con persistencia soltó la niebla y con el tiempo el horizonte indefinido fue delimitándose. Al irse, la niebla devolvió al campo sus frescos colores, y de pronto divisamos una de las encadenadas.
Las lagunas encadenadas del oeste de la provincia de Buenos Aires están en un área deprimida. La más elevada, la laguna Alsina, es al mismo tiempo la más dulce de ellas. En épocas de lluvia, cuando aumenta su caudal, drena hacia el oeste, hacia la laguna Cochicó, que al mismo tiempo drena hacia la siguiente, y así. Forman un sistema hidrológico cerrado, sin desagüe. El último espejo acuático de estas encadenadas es la laguna Epecuén, que se encuentra a menor altura (96 metros sobre el nivel del mar). Únicamente la evaporación del agua o la absorción del suelo hace menguar su volumen, por lo tanto es también la que mayores cambios ha mostrado ante la variabilidad de las lluvias. Y los cambios fueron bruscos, especialmente tras la inundación de 1985 que se tragó al pueblo.
Epecuén supo ser una gran salina con un ojo de agua. Hoy es la laguna más salada y con mayor cantidad de minerales de la provincia de Buenos Aires. Su salinidad (es diez veces más salada que el agua de mar) la vuelve deseada. Es allí donde, luego de reproducirse en las lagunas de agua dulce, logran comer sus crustáceos los flamencos. Es allí también donde multitudes de turistas ansían bañarse en sus aguas con propiedades curativas y mágicas, porque estas cualidades no se encuentran fácilmente. Quizá nos tengamos que remontar al Mar Negro para encontrar similitudes en las propiedades del agua que obligan a flotar a los bañistas y relajar hasta el último inadvertido músculo. Pero estas aguas, así como sanan al contacto con la piel, oxidan todo metal y dejan a su paso una capa blanquecina de sal y sodio. No hay nada que no quede transformado, carcomido, masticado. Debajo no crece nada. Así está el pueblo hoy, o el esqueleto del pueblo, como espolvoreado por una nieve suave, como una capa de ceniza fina dejada por el agua, el sedimento salino luego de más de una década de inundación.
Villa Epecuén fue un pueblo balneario preparado para recibir gran cantidad de gente. En sus años dorados, alcanzó a tener 1500 habitantes residentes y llegó a recibir 25000 turistas. Además de la estación de ferrocarril, tenía una escuela, un club deportivo llamado Club Atlético Gauchos de Epecuén, una iglesia, varios hoteles (que intentaban convocar a grupos de diferente poder adquisitivo), almacenes, el bailable Bim Bam Bum con aforo de hasta 800 personas, un castillo y un amplio balneario municipal. Las termas calientes en invierno, las enormes piletas en verano, y el perímetro de la laguna salada atraían a familias enteras.
Hoy el pueblo dejó atrás los carnavales, los desfiles y concursos de Reina de los Gastronómicos Bim Bam Bum, las largas tardes de verano entre chapuzones, conversaciones y bronceados. Su auge fue entre los años 50 y 70. La inundación fue su fin, abrupto. La inundación cubrió todo.

Villa Epecuén tuvo su auge entre los años 50 y 70. La inundación fue su fin, abrupto. Fue consecuencia de la mano humana que pretende controlar la naturaleza.
No hubo volcán como en Pompeya y en Herculano. Fue la conjunción de la lluvia y de la mano humana que pretende controlar la naturaleza. La misma mano que intenta controlar para dónde va el agua en épocas de lluvia, dónde se concentra en épocas de sequía, qué campos se inundan y cuáles no.
Los hechos fueron los siguientes: hacía tiempo las lagunas habían disminuido su caudal, y por lo tanto se buscó llevar por canales agua de arroyos cercanos. Es por esto que en el año 1979 se construyó el canal Ameghino, pero por la falta de obras complementarias y de regulación, en el período de lluvia de la década de los 80 empezaron las inundaciones. La ausencia de previsión de los organismos responsables flota como un fantasma por los alrededores de la Epecuén y de Carhué. En 1985 el terraplén que protegía Villa Epecuén cedió. Siete metros de agua cubrieron la villa. Sus habitantes pudieron evacuar, pero no volver.
¿Qué es lo que asombra de ese pueblo esquelético, derruido por el agua, devuelto a la tierra como masticado por la sal? ¿Cómo fue que esos espacios albergaron tanto griterío y hoy son silencio de pájaro en el horizonte? ¿Hay algo aún presente en esos espacios preparados para multitudes, para los disfrutes colectivos en el espacio y en el tiempo olvidado?
Encuentro un ensayo de respuesta en la crónica de José Martí sobre Coney Island, esas playas preparadas para multitudes de veraneantes. Martí visitó la isla neoyorkina en 1881 y escribió sobre las características de esa isla ya famosa, montón de tierra abandonado hace cuatro años y hoy lugar de amplio reposo, a donde van legiones de intrépidas damas y de galantes campesinos. Martí se muestra asombrado por los espacios, por los veraneantes que se imantan al unísono con el proceso de modernización que transforma los espacios para poder recibirlos. Grandes hoteles, restaurantes, almacenes, juegos familiares, atractivos lúdicos y de consumo. Las postales se amplían, se vuelven artificiosas, multitudinarias. Al lado de Nueva York, lo que asombra allí es, dice Martí, el tamaño, la cantidad, el resultado súbito de la actividad humana, esa inmensa válvula de placer abierta a un pueblo inmenso, esos comedores que, vistos de lejos, parecen ejércitos en alto, esos caminos que a dos millas de distancia no son caminos, sino largas alfombras de cabezas; ese monumental aspecto del conjunto que hacen digno de competir aquel pueblo de baños con la majestad de la tierra que lo soporta, del mar que lo acaricia y del cielo que lo corona, esa marea creciente, esa expansividad anonadante e incontrastable, firme y frenética, y esa naturalidad en lo maravilloso.
La naturalidad en lo maravilloso. Lo maravilloso en el artificio humano construido para las multitudes, lo maravilloso en la congregación misma de las multitudes. El asombro no cesa. ¿Cómo lo habría asombrado a Martí conocer que en el sur del continente un pueblo de la llanura pampeana contenía las propiedades fantásticas de la sanación? ¿Cómo lo habría asombrado ver estas alfombras de cabezas bajando de un ferrocarril inglés a orillas de una playa de granos de sal? Lo maravilloso de la naturaleza, conjugado con la naturalidad de lo maravilloso de lo hecho para muchos, de la congregación, del veraneo, de los cuerpos.
Al recorrer Coney Island, Martí nota también que una melancólica tristeza se apodera de los hombres de nuestros pueblos hispanoamericanos que allá viven, que se buscan en vano y no se hallan. Impulsados por sus primeras impresiones de asombro ante el espacio, y por mucho que las primeras impresiones hayan halagado sus sentidos, enamorado sus ojos, deslumbrado y ofuscado su razón, la angustia de la soledad les posee al fin, la nostalgia de un mundo espiritual superior los invade y aflige; se sienten como corderos sin madre y sin pastor, extraviados de su manada; y, salgan o no a los ojos, rompe el espíritu espantado en raudal amarguísimo de lágrimas, porque aquella gran tierra está vacía de espíritu. La tierra está vacía de espíritu en Coney Island, observa.
Recorremos hoy Epecuén y nos preguntamos inevitablemente cómo era. Caminamos por calles indistinguibles donde se aposentó la sal, veredas blanqueadas que parecen salidas de series apocalípticas. A medida que avanzamos vemos contornos de ventanas que muestran de fondo al espejo del sol. Hay pocos techos, muchos azulejos, algunos postes de luz en pie y otros caídos. Escaleras que ya no suben a ninguna parte, porches repletos de escombros blanquecinos, árboles salinizados sin ramas. Pero hay algo que resulta inapelable: en esta tierra hay espíritu. Hay espíritu desde antes de la construcción del pueblo. Hay algo en la salina, en la laguna, algo previo aun al merodeo del hombre moderno. Algo que a veces deja rastro y que a veces va subterráneo. Algo que convoca, que seguramente hacía detener su paso a los indígenas que merodeaban, algo que invitaba a la detención y a la contemplación. En esta tierra hay espíritu. La tierra en comunión con estas fuertes aguas.
Cuando bajó el agua de la inundación volvieron las alfombras de cabezas. Ya no bajan del ferrocarril inglés, desmantelado por el gobierno menemista, pero siguen acercándose a ver lo que supo ser, a ver eso que quedó del pueblo, y los que pueden, a reencontrarse con sus recuerdos de veraneos infantiles.
Algo parecido pasa en Pompeya, los caminantes se dejan viajar en el tiempo a la época romana. Por muchos siglos la ciudad desapareció del recuerdo de los hombres. En 1800 volvió a asomarse a la faz de la tierra, con sus comercios, fondas, teatros, escuelas de lucha, templos y baños públicos. Para entonces, la erupción del Vesubio del año 79 d. C., que la había destruido hacía dos mil años, cobró un significado totalmente distinto. Pues, así como para la gente de aquel entonces representó la destrucción de una ciudad floreciente, ahora constituyó su preservación. La ceniza salida de las profundidades de la tierra se conjugó de un modo particular y único. Ya sea porque salió húmeda, o porque una leve lluvia la acompañó, la ceniza se amoldó a cada pliegue de la ropa, cada curva de las orejas y se metió entre los dedos, los pelos y los labios de la gente. Luego se solidificó mucho más rápido de lo que tardaron los cuerpos en descomponerse, y por eso hoy tenemos reproducciones en tamaño real de personas que cayeron mientras corrían o luchaban contra la muerte.
La sal y la ceniza dejan sus rastros, dejan un manto sobre estos pueblos. Piso con cuidado las baldosas caídas y roídas por la sal. Parecen cubiertas por trapos, por capas de micelio seco. Como un eco distante, quedan las ciudades despojadas de sus habitantes, abolida la propiedad, devueltas al paladar de la tierra. Como Coney Island, preparada para una grandeza que no siempre llega, porque viene el invierno y sus animales habitantes se esconden a invernar. En ese tiempo queda el escenario, y siempre algo debajo que volvemos a buscar.
José Martí, Coney Island, La Pluma. Bogotá, 3 de diciembre de 1881.
La caída de Pompeyo y Herculano, Walter Benjamin, Interzona, Buenos Aires, 2015.
Fotos de sitios públicos de internet. Producción audiovisual de Carolina Ramírez – Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM.
22 de mayo de 2025
Carolina Fernández Ares
Nació en Buenos Aires en 1995. Estudió Letras en la UBA y trabajó como docente de literatura en colegios secundarios. Se mueve también entre los oficios de ilustradora, artista plástica, ensayista y cuenta cuentos. Actualmente está cursando la Maestría en Periodismo Narrativo en la UNSAM y busca darle lugar a las pasiones que la mantienen hechizada desde pequeña: escribir y viajar.
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