Cuento

Durex
por Felipe Boyajian | Ilustrado por Melina Airaudo

Me llamo Mariano, tengo once años. Me obsesionan: la buena caligrafía, el apocalipsis y la terminación de mi nombre. Mi mamá se fue a quejar con la directora por las burlas que me hacen, yo no quería, pero fue igual. Después de eso la seño nos explicó en el curso qué era el burling y por suerte no habló de mi caso. Los primeros días, como siempre, me dejaron tranquilo, pero después de un tiempo todo volvió a la normalidad y también las burlas: Mariano, agarrámela con la mano; Mariano cara de ano; y el peor: Mariano al que se lo culeó un enano. Mi papá me aconsejó que me haga llamar por mi segundo nombre, Jonás. Me pueden decir: Jonás, al que le dieron por atrás. Capaz que les lleve un tiempo darse cuenta. Igual Jonás no me gusta, me lo pusieron porque es bíblico. Mis papás van a una iglesia evangélica todos los domingos. Vamos, mi mamá nos lleva. Si fuera por nosotros nos quedaríamos a ver los partidos. Papá y yo somos de Independiente, mamá dice que no es de nada, bah, que hincha por la selección. 

Un domingo fuimos con papá a ver Independiente – Rosario Central. A la salida papá me compró una remera del rojo que tenía un diablito. Mamá se enojó muchísimo por eso y porque faltamos a la iglesia. No me deja usarla, pero yo igual me la pongo debajo de otra remera, que me regalaron en un campamento y que dice “Cristo ama a los niños”, todo en imprenta minúscula, y tiene estampado a Cristo agarrado de la mano de niños en una ronda arriba del planeta tierra. Hay de todo: chinos, negritos y otros pibes con túnicas.

A mí el diablo no me da mucho miedo que digamos. Lo que sí me da miedo es el apocalipsis. Cuando el pastor nos dice: “abran sus biblias en el libro de apocalipsis capítulo tanto” o “como anuncia el profeta en el libro de apocalipsis…” a mí me corre un frío por la espalda y cierro los ojos bien fuerte. Dice el pastor que hay que estar preparados porque en cualquier momento vuelve Cristo y nos lleva a todos con él, que hay que estar atentos a la señales. Que cuando Jesús vuelva con poder, se va a llevar a todos sus hijos y los pecadores se van a quedar acá en la tierra renegando. A ese momento le llaman “el arrebatamiento”. En la escuela arrebatar significa cuando alguien te mete una piña sin aviso, como el Kevin al albino de Sexto C el otro día en la clase de gimnasia, “lo arrebató” y el pobre cayó de cara contra el patio de cemento. Tuvieron que llamar a la ambulancia porque no paraba de sangrarle la nariz. Al Kevin lo echaron de la escuela al otro día. Mamá dice que eso le pasa por negrito villero, que por suerte nosotros somos gente bien y tuvimos la suerte de conocer al Señor que nos libra del mal y de la mediocridad. 

Me gusta vivir en la Tierra, pero a veces me gustaría que venga un buen arrebatamiento y les dé su merecido a todos mis compañeros que me hacen burling, aunque sea algunos azotes de los jinetes del apocalipsis para que entren en razón y me dejen en paz. Por otro lado me preocupan aquellas personas que son buenas pero no van a la iglesia, como por ejemplo Alba, la mujer que limpia, o sea, “la que ayuda a mamá”, como dice mi papá. Un día le pregunté si creía en Dios y ella me respondió: “creo en las energías”. Entonces le dije que a los pecadores Jesús no los iba a llevar en el arrebatamiento y ella muy tranquila me dijo que con gusto se iba a quedar en la tierra a pecar. Yo abrí los ojos como dos huevos fritos, me dijo. 

Esa noche antes de cenar huevos fritos me puse a inventar en mi cuaderno unas cursivas mayúsculas. La hache me sale espectacular, pero a la efe no le encuentro la vuelta todavía. Esa noche soñé con el apocalipsis. En el sueño habíamos ido a ver el rally con papá y unos amigos de él (eso había pasado de verdad hacía un mes, era la primera vez que papá me llevaba con su amigos porque mamá se lo pidió o exigió). Y bueno, en mi sueño no habían pasado ni dos autos y de repente la luna se puso roja sangre como dice en la biblia y en el horizonte se vio una polvareda. Al principio pensé que eran los cuatro jinetes, pero después resultó que era Andréi Kuznetsov manejando un Hyundai y a mí ya me pareció raro porque él siempre había manejado Mitsubishi. Entonces Andréi para, baja la ventanilla y me llama con el dedo. Me dice: “pibe subí que se viene el fin del mundo”. Yo le digo que no puedo, que estoy con mi papá, pero cuando me doy vuelta para mostrarle no veo a nadie, mi papá y sus amigos se están elevando como en un remolino, comiendo choripanes, tomando fernet y haciéndose chistes entre ellos. Entonces abro la puerta de atrás para subirme y en el asiento está Jesús con un montón de niños como los de la remera y un niño japonés me dice: “en este Hyundai no entran pecadores”. Jesús se encoge de hombros y me pone cara de yo qué sé. Cierra la puerta y arranca tirando chispas del caño de escape. Ahí me desperté y me fui corriendo a la cama de mis papás con miedo de no encontrarlos.

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La copa que Katya estaba mirando se movió. Fue un movimiento casi imperceptible. Ella ni se inmutó. Hizo como si nada y se sirvió más puré.

El domingo a la noche vinieron a comer unos amigos de papá, un matrimonio que vivió muchos años en Austria o Australia. La mujer me agarró de la pera y me sacudió diciendo que tenía los ojos de mi mamá, siempre me dicen lo mismo. Tienen una hija que se llama Katya. Es rubia, rubia, tiene pecas y, si no fuera por un lunar enorme que tiene entre las dos cejas, sería tan linda como faltar a la iglesia. Nos sentamos a la mesa. Durante la cena papá contó cómo se conocieron con su amigo jugando al rugby en un club, y que al amigo de papá le decían Topadora y a papá Furia. Ahí todos se rieron a carcajadas menos yo que no entendí y Katya, que se había quedado mirando fijo una copa. Entonces pasó algo muy extraño, fue lo más cercano que estuve en mi vida de presenciar algo paranormal. La copa que Katya estaba mirando se movió. Fue un movimiento casi imperceptible. Ella ni se inmutó, como si fuese lo más común del mundo, levantó la vista y me vio a mí con la boca abierta. Hizo como si nada y se sirvió más puré. Después de un rato comimos el postre y mamá me dijo que le muestre mis juguetes a Katya, típico de cuando quieren quedarse en la mesa hablando cosas de grandes y tomando café. Yo no estaba muy seguro de quedarme solo con ella después de la escena de la copa, pero obedecí y fuimos a mi pieza. La cosa es que mientras yo bajaba una caja de legos del ropero, ella se puso a ver mi cuaderno que estaba arriba de la mesa de luz. Me dijo que le gustaba mucho mi letra y le mostré las viñetas de una historieta que estoy haciendo sobre el sueño del rally. Le expliqué qué es una viñeta, para qué se usa, etcétera. Al rato sus papás, que ya se iban, la llamaron, y antes de irse escribió su nombre en la contratapa del cuaderno con fibrón rojo. Linda letra tenía.

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Al otro finde jugamos al juego de la copa en la casa de los mellizos Lacroise. La culpa fue mía porque les conté lo de Katya y después no había quién los pare.

Al otro finde jugamos al juego de la copa en la casa de los mellizos Lacroise. La culpa fue mía porque les conté lo de Katya y después no había quién los pare. Le mentí a mamá diciéndole que nos juntábamos a hacer un trabajo de plástica y después me quedaba a dormir. Las únicas copas que había en la casa estaban en un ropero con puerta de vidrio donde el padrastro de los mellis guardaba los licores, así que usamos un durex de los chiquitos. Nadie sabía las reglas, buscamos un tutorial en youtube. Lo primero que hay que hacer es invocar algún espíritu, luego hacerle preguntas, poner los dedos sobre la copa y el espíritu te va contestando: ¿hay un espíritu en este lugar?, ¿cómo te llamás? ¿sos bueno o malo?, ¿quién de nosotros se va a morir primero? Yo hice el tablero de cartulina con letras góticas y al medio un y un no en dos círculos. Me llevó un rato largo armar la cartulina, mientras los chicos jugaron a la play. Decidimos que era mejor esperar hasta las doce de la noche, no sé por qué. Arrancamos. El espíritu supuestamente se llamaba Pireli y era un niño que había muerto en esa casa electrocutado con una tostadora hacía cincuenta años. Para averiguar eso estuvimos muchísimo tiempo. Siempre sospeche que uno de los mellizos movía todo el tiempo la copa y hacía decir al fantasma lo que quería. Se hizo tarde y, antes de terminar la sesión, le pregunté al espíritu cuándo se iba a terminar el mundo y me respondió que la semana que viene. Otro de mis compañeros preguntó si el albino del colegio tenía pelos blancos en las bolas. Ahí nos tentamos todos y el vaso se cayó, pero no se rompió. Menos mal que usamos un durex porque dicen que si no el espíritu se queda en la casa.

La semana siguiente por suerte la luna no se puso roja, no llegaron los jinetes del apocalipsis levantando polvareda ni se cumplió mi sueño del rally. Un día papá encontró a mamá con el organista de la iglesia orando juntos en la casa y la echó a patadas. Debe ser que está harto de la religión. Lo bueno es que desde ese día no vamos más a la iglesia y cada tanto, cuando papá está de ánimo, me lleva a la cancha a ver a Independiente. A mamá la extraño un montón, la veo una vez por semana y me compra la ropa que me gusta. Por suerte ahora en el curso entró un chico de apellido Bergamasco, así que ya no soy más el centro de atención para las burlas. El otro día, mientras comíamos helado de dulce de leche, yo le conté todo esto a Katya y me dijo algo que me dejó pensando: la vida sigue Mariano, tampoco es el fin del mundo.

* Este cuento forma parte del libro Yarará (Editorial Bosque, 2022).

Icono fecha publicación  20 de noviembre de 2025

Felipe Boyajian

Felipe Boyajian nació en la ciudad de La Falda en 1980. Estudió Ingeniería Civil en la Universidad Tecnológica Nacional y se especializó en construcciones de steel framing. Siempre interesado por la literatura, publicó en blogs en sus comienzos. Más adelante se formó en escritura creativa con Hernán Jaeggi, Luciano Lamberti y Pablo Natale. Su primer libro, una compilación de cuentos llamado Yarará, está en proceso de publicación con Editorial Bosque.

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Melina Airaudo

Melina  Airaudo nació en Río Cuarto en 1995. Es licenciada en Artes Visuales y profesora superior de Educación Plástica por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Fue seleccionada por la obra (silencio) para el Salón de las Mujeres del museo Fernando Bonfiglioli (2021). Recibió la beca creación del Fondo Regional de las Artes (2019) y del Fondo Nacional de las Artes (2021). Fue seleccionada para la bienal de arte joven BIENALBA (2021). Realizó una beca de intercambio con la Universidad de Chile (2019) y participó de la Red de Interrelación de las Artes (RIA-TDL). Dicta talleres de exploración artística en la ciudad de La Falda, donde reside. Es docente e investigadora en la UNC.

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ISSN 2618-5040

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