I
-Aguas- escucho que me dicen, no gritando ni susurrando, sino con la intención imperiosa de que haga algo al respecto. Una intuición me hace agacharme, y escucho el ruido chirriante de la rama que golpea la chapa del camión como la uña de mi maestra sobre el pizarrón. Como estoy sentada de espaldas fue un aviso salvador, y ese va a ser nuestro código mientras dure este viaje ascendente y oscuro por el camino de terracería que avanza hacia el volcán Popocatépetl.
Estoy hace unas semanas en Puebla, México, y al Popocatépetl siempre lo he visto lejano e imperturbable, mostrándose con sus alhajas en los atardeceres naranjas cuando el sol se acuesta justo sobre su ladera, pero siempre echando humo. A su lado permanece apacible la volcán Iztaccíhuatl, profundamente dormida. Unos niños me hablan de su descanso: según la leyenda, Iztaccíhuatl espera al guerrero Popocatépetl que vuelva triunfante de una batalla, pero fue engañada por un antiguo enemigo de Popo que le dijo que había sido derrotado. Ella, desde entonces, descansa en un profundo sueño y él, paciente, aguarda a su lado fumando.
Se ve y se está en el espacio de otra manera después de subir una montaña. Para mí no hay meta, sino aprender a transitar con humildad tanto la subida como el descenso. Y después dormir con un cansancio que nos devuelve al punto cero.
Estoy hace pocos días y busco quienes van a la montaña. Así, subimos a la Malinche, esa volcán que parece condenada a la soledad, rodeada de ciudades. Pero al Popo no se puede subir por su actividad, esa actividad que es innegable. Todos los días cambia la consistencia de esa fumarada.
Tengo para mí que, paradójicamente, a él el fumar lo protege. Mantiene alejada a la gente.
Sucede que un día, mientras hurgo libros usados en una librería de trueque, escucho a la librera hablando que comenta:
-Mañana no estoy porque me invitaron a subir al Popo. Es su cumpleaños, y por primera vez me han invitado, ¿puedes creerlo?
Curiosa e intrigada le pregunto cómo es eso. Todos los años, me dice, se hace una ascensión al ombligo del volcán para cuidar y afirmar su relación con él. Allí van las personas de las comunidades cercanas para hacer su ofrenda y festejarle, pidiendo respeto y reciprocidad. Desde tiempos inmemoriales se realiza la ceremonia y, me cuenta, prevalecen los gestos prehispánicos. Allí asisten el tiempero, a quien un rayo designó con el don de afirmar el tiempo, y quienes danzan por las lluvias, los grancieros. Pero es necesario que sólo vayan quienes se encargan de ello, y sólo invitan a una o dos personas para resguardar la tradición. Nada más. Nadie más.
No hay manera alguna de que ella invite a nadie, me responde cuando, casi con lágrimas de la emoción, le pregunto si podría acompañarla. Estaré pocos días más en Puebla y el flechazo que me generó el Popo sigue operando en mí. Pero no. Nadie más. Es un resguardo, me explica. Entiendo.
De noche, después de escuchar sobre la ceremonia de boca de la librera, empiezo a investigar cómo es que una montaña tiene un cumpleaños. Mi imprecisión me lleva de la mano por un pequeño sendero de mis pensamientos. Una montaña es la imagen de la permanencia, del estar, de la presencia inmutable para la percepción humana. En cambio un volcán es la irrupción, el momento que se manifiesta de golpe, la imagen de la erupción es elocuente: con temblores y crujidos algo de pronto se desata. Algún momento debe haber sido, un día concreto en un pasado inaccesible. Y ese día es, por razones que desconocemos, y desde un siempre impreciso, el 12 de marzo.
II
-Aguas- me dice nuevamente. Me agacho más. Esta rama no fue tan amenazante, pero entre la oscuridad y el polvo, a la velocidad a la que va este camión subiendo, todo puede ser peligroso. Somos más de quince personas acurrucadas acá adentro, es noche cerrada, la luna aparece de a ratos entre las ramas de árboles sin color y sé que lo que estoy viviendo no es un sueño por el polvo que no puedo dejar de respirar y me hace estornudar. El frío nos entra como un soplo glacial. La intemperie. El motor no deja de rugir a medida que el camión trepa en la oscuridad. No hay duda de que estamos ascendiendo.

Me acerqué al pueblo Santiago Xaninzintla a pesar de no estar invitada a la ceremonia que se organiza por el cumpleaños del volcán.
Me acerqué al pueblo Santiago Xaninzintla a pesar de no estar invitada a la ceremonia y eso, para algunos en el pueblo, está bien. Este año es la primera edición de un festival comunitario que el pueblo organiza por el cumpleaños del volcán. ¿Cómo hacer para que ese evento anual, tan íntimo (y sagrado), pueda ser una llave para un turismo comunitario? Los pequeños pueblos rurales buscan la grieta donde poder mostrarse, invitar a las personas de otros lares y vender sus productos. No hay un afuera del capitalismo, y una respuesta comunitaria parece ser la mejor posible en este panorama rural donde nadie está exento de las consecuencias de las sequías y el cambio climático. Claro que esa intención genera rispideces hacia dentro de la comunidad; hay quienes no quieren esa apertura en pos de preservar lo propio. Pero este año desde el nuevo mandato de la alcaldía inauguran, con zona de acampe, bailes y feria, el Festival Don Goyo.
Mi llegada al pueblo es en transporte público desde Cholula. Es una combi donde, si te toca ir parado, debés inclinarte para entrar. Pero no va llena. Como en todo transporte público la gente está ensimismada, avanza con la mirada perdida entre sus pensamientos y el campo y levanta la vista de vez en cuando para ver por dónde vamos. Es el tiempo de viaje el que va ablandando las lenguas, y para cuando llegamos a Santiago Xaninzintla, el final del recorrido, ya nos reconocieron como extranjeros, ya las recomendaciones corrieron, circularmente, de uno a otro. Si van al festival bajen en la plaza y a la derecha. A la derecha en la plaza, hasta arriba, siguiendo la calle. Es que allá, doblando por la plaza, para ese lado, nomás caminando se llega al festival. Lo que ven allá a la derecha, altito, es el festival y es por esa calle ahí cerquita, ven los papalotes, allá alto, ahí es. Nos dicen en plural porque somos dos en esta combi los que queremos asistir al festival y, en el caso de encontrar el modo, sumarnos a la ceremonia de ascensión al Popo.
-Subir al Popo sí que no pueden- una de las pasajeras, acomodándose los anteojos, nos mira seria-, sólo los que invita el mayordomo. Son bien pocos. Es que guardia civil… es que la policía… ayer en la junta se dio una lista nomás de quienes suben. Ellos salen, sí, muy tempranito de la plaza del pueblo. Unos camiones los suben pero esos son los del mayordomo. Salen pa arribita bien de madrugada.
Preguntaremos a todos los que nos cruzamos en el pueblo sobre la ceremonia arriba del volcán. No nos cansamos de preguntar porque la información es dispar y confusa. Buscamos la vuelta de obtener la respuesta que deseamos: que se pueda, que alguien, quizá, si hablamos desde cierto ángulo, pueda decirnos que sí. Que se puede subir y asistir a la ceremonia.
Encontramos una respuesta esperanzadora al sentarnos a comer unas cemitas. Al caer el sol los puestos en la feria siguen improvisando su montaje, todavía no hay luz eléctrica, así que lo que se ven son celulares encendidos y fuegos en diferentes fogoneros: es que es la primera vez, nos dicen todos. Hablar con la gente del pueblo es una caricia: son amables, miran con curiosidad. Charlamos con las dos cocineras (¿serán amigas, hermanas?). La que está armando la milanesa (en el mismo momento la empana y la fríe sobre una sartén a las llamas) nos dice de pronto:
-Mi prima va a subir mañana. Aguarden que le pregunto si los puede subir también- y se da vuelta para mandar un mensaje por su celular.
Es Gloria su prima, conoce bien al mayordomo que invita la fiesta este año y sube en camión. Va a ser con un mensaje de texto a medianoche que nos confirme que sí, que nos vemos abajo en la plaza a las tres de la madrugada. Un poco incrédulos, mi amigo reciente de la combi y yo desarmamos la carpa improvisada unos minutos antes de las tres, y bajamos por la calle serpenteante hasta la plaza.
Los ladridos de los perros que se van alarmando a nuestro paso nos ponen tensos. Cada uno utiliza su estrategia (yo murmuro como un mantra San Roque, San Roque, que ese perro no me mire ni me toque). Cuando llegamos está oscuro y el frío se sienta junto a nosotros en una escalinata de piedra. Sólo unos hombres encapuchados toman cerveza en el escalón de la iglesia. Nos miran nomás. Ni un solo comentario. Allá, a una cuadra, unos camiones con las luces prendidas aguardan. Suponemos que suben. ¿Serán esos? Pero a los pocos minutos arrancan y se pierden en las calles oscuras.
Quedamos con el frío, la negrura, los ladridos y la luna en alto. De pronto unas siluetas se acercan caminando rápido a lo lejos. Una de ellas nos hace señas.
-Soy Gloria- nos dice mientras se acerca pero sin frenar su paso apurado. -Vamos aquí nomás, rapidito que ya van a salir, no sea que nos dejen.
Viene con su hijo, Carlos, de 8 años. Los dos están envueltos en mantas, como si se llevaran consigo la cama. Ella tiene un sombrero de paja con una flor y es bajita como la mayoría de los mexicanos. Reconocemos en su modo de hablar los gestos de su prima, la de las milanesas. Camina con pasos rápidos. Subimos unas cuadras en este pueblo de montaña y toca la puerta de una casa preocupada por la hora. Menciona a un tal Tonio, al Conde, al mayordomo. No puedo dejar de imaginarme, con esos nombres, un juego de rol gótico situado en este pueblo volcánico. Luego me explicará que el Conde está lejos del imaginario de castillo de piedra, sino que es el apodo que se ganó por acciones infortunadas, por condenado.
Aparecen otros pasajeros. La escucho entre dientes hablando con ellos, que si ya se fue, que ahí está, se quedó dormido, ahí abrió la puerta, vamos subiendo al camión. -Sólo les van a pedir un poco de dinero para el gas-. Gloria abre la caja del camión y ve la madera recubierta de polvo y la cantidad de basura que hay, reprocha -¿Y esta basura?-. El conductor parece recién levantado y no del todo despierto.
-Oye, Tonio, mira todo esto para tirar y aquí está- pero el conductor no muestra ningún interés en mejorar la escena y nos apura a subir. -Tonio, traiga una escalera, no vaya a ser que no podamos bajar. Gloria se anticipa. La caja del camión es alta. Mi nuevo amigo sube primero para poder dar la mano y subirla a ella y a su hijo de un tirón. Esperamos, poco a poco van apareciendo el resto de los pasajeros. Se conocen entre ellos, claro, son del pueblo, y comienzan a conversar. Es temprano pero se ríen entre sí. Me sorprende esa agudeza humorística. No nos miran mal, como una parte de mí creía que pasaría. ¿Y la exclusividad de la ceremonia? ¿Cómo es que nadie se pregunta qué hacen en el camión dos foráneos?
El camión tiene que arrancar pronto porque, según lo que se habló en la junta ayer, no se va a poder subir luego de que la policía ponga el retén.
Arranca. Alguien no llegó, dice uno. El que no llegó no estará.
III
Hay luna pero en el bosque cerrado la luz no entra. En la caja del camión, menos. Me siento en una parte elevada y sin la lona que recubre la caja, por lo tanto el frío cala hondo. El polvo del camino nos envuelve a todos indistintamente. Donde viajo yo, tengo que estar atenta a los posibles coletazos de las ramas del camino.
Aguas es la única palabra que escucho de vez en cuando. La expresión se arrastra de la época colonial. En Puebla, cuando todavía no era posible tener un baño en las casas, las personas hacían sus necesidades durante la noche en baldes, y por las mañanas, al grito de aguas, la tiraban por el balcón. La reacción tenía que ser rápida y eficaz. Igual que ahora.
El camino es largo. De pronto frena el camión. Nadie sabe por qué. Quedamos a oscuras y en silencio, ovillados dentro de la caja. En el silencio del bosque se escucha que se acercan motores. Cuando está lo suficientemente cerca se frenan. De atrás la luz de otra camioneta ilumina por las rendijas de la madera y forma líneas diagonales junto al polvo del aire. Se cierra una puerta. Pienso que podríamos estar en cualquier parte del mundo: un puñado de personas acurrucadas en una caja, cerrada desde afuera, yendo a un lugar donde, por lo menos yo, siento que me estoy entrometiendo. Podríamos estar cruzando cualquier punto fronterizo. Pero estamos acá, en el medio del bosque de un volcán activo. Nosotros no sabemos qué esperar, pero lo que sí sabemos es esperar. No entendemos qué sucede. Al rato el camión arranca nuevamente y retoma el largo camino en zigzag, en subida, entre pozos, hasta que se estaciona. La oscuridad es de boca de lobo.
IV
Bajamos gracias a la escalera que Gloria, sabiamente, pidió.
En el bosque las siluetas muestran que somos más de los que imaginaba. Distingo en la oscuridad varios camiones estacionados. De una camioneta alguien pide, pero con una afirmación que me maravilla, que lo vamos a ayudar a subir las cosas. Empieza una especie de sorteo. Bajan de la caja una canasta con cosas y alguien entre la multitud la agarra. Todo lo que es pesado lleva un tiempito que una mano dispuesta lo tome. Entre todo lo que se va a subir hay ollas, cajas de botellas, baldes con comida, bolsas con frutas, granos, ramos de flores. Gloria nos empuja sigilosamente unos pasos hacia atrás, hacia la oscuridad. ¿Nos está protegiendo? Sabe que acá abajo las personas se creen fuertes pero ella conoce lo pesado que se vuelve, porque a eso que carguemos, dice, a cada paso se le agregarán unos gramos de peso. Pero yo no puedo subir con las manos vacías, por eso cuando se ofrecen los ramos de flores me abalanzo. Tomo uno. Tiene el tamaño (y el peso) de un bebé, e irá aumentando a cada paso. Las flores son rojas, con largos tallos que luego servirán para entretejerlas y armar columnas de flores para Don Goyo, nuestro homenajeado. Nombre y apodo, nombre prehispánico y apodo colonial: Popocatépetl, montaña que humea en náhuatl, Goyo, don Gregorio. Algo se empieza a dilucidar de este sincretismo cultural.
V
El ascenso comienza al meternos en el bosque cerrado y oscuro. Me concentro en no perder a Gloria y a su hijo y en no caernos ninguno por las barrancas, que no vemos, pero están. Subimos, saltamos y pisamos piedras que tampoco vemos. Alguna que otra luz de un celular nos marca un camino que intentamos respetar pisada a pisada.
Es largo, sabemos, y vamos a las apuradas. Como el camión tardó en subir, no fuimos de los primeros en llegar, y Gloria sabe que le va a costar. Se apura y nos apuramos con ella. Es nuestra estrella guía.
De pronto, entre los troncos de los árboles, empieza a clarear. Primero aparece entre el negro de la noche el azul oscuro que se va volviendo hacia los morados, luego el naranja en el horizonte marcando las siluetas tanto de los pinos como de las montañas a lo lejos. Reconozco la Malinche, el volcán que custodia el valle de Puebla desde el otro lado, y a lo lejos un triángulo que no puede ser otro que el pico del Orizaba, la montaña más alta de México. Veo salir, como una burbuja soplada hacia arriba, el sol dorado. Me pregunto si es por esta razón y no por otra cosa que se estableció su cumpleaños justo hoy, 12 de marzo.
Ya con la luz solar entrando horizontal en el bosque, el caminar se vuelve más confiado, pero eso no implica que el camino esté marcado ni que todos acuerden por dónde es. Las voces y los argumentos van y vienen. Los que cada año ascienden tironean entre recuerdos el camino. -Debe ser por acá, ya cruzamos la primera quebrada- asegura alguien abriéndose paso por la cerrada vegetación.
-No- afirma otra voz- es en la otra, vamos un poco más. Una tercera voz protesta diciendo que retroceder nunca, que si ya subimos esta parte no vamos a descender, avancemos. Así, nos damos cuenta de que seguimos una especie de improvisación, vamos guiados por recuerdos añejos de subidas pasadas. Esto confirma la mutabilidad, el camino no es nunca igual, un volcán no permanece intacto. El tiempo, la lluvia, los vientos hacen lo suyo. Atravesamos nuevas quebradas que nadie conocía y desaparecieron para siempre senderos que se creía que perduraban. A la vuelta notaremos con certeza lo lejana que estuvo nuestra subida de la habitual.
Después de unas horas dejamos atrás el bosque y entramos en el arenero. Arena gris, ceniza en polvo. Como en las dunas de arena, avanzar por aquí se vuelve más pesado, el esfuerzo para cada paso es doble. Escuchamos la explosión de un cohete. Eso significa que algunos ya llegaron al ombligo del volcán, al lugar de la ceremonia. Nosotros seguimos avanzando. Vemos a lo lejos el ombligo del volcán. Es una gran piedra que sobresale en la ladera. Las personas en el ombligo se ven como puntitos a lo lejos. Esa vista nos da confianza, sentimos que con un par de pasos llegamos, pero estamos a horas de distancia.

Escuchamos la explosión de un cohete. Eso significa que algunos ya llegaron al ombligo del volcán, al lugar de la ceremonia.
Nos vamos esperando entre los que avanzamos, o es que coincide el cansancio y la peregrinación de cada uno, que comienza siempre por ser un tiempo propio, hasta que se vuelve una respiración conjunta. Ya no hay apuro posible, no hay espacio para eso, el volcán no lo permite.
De pronto escucho tronar. No hay nubes así que sé que no es un trueno aéreo. Viene del centro de la tierra. Miro a mis costados y busco señales de alerta en los que me rodean. Me sonríen. El Popo sabe que estamos subiendo, nos espera, como todos los años. La columna de ceniza sigue saliendo y ahora con el sol del mediodía la veo bien. Viene hacia nosotros y entiendo que lo que respiro es aire con interioridad, aire con soplo del interior de la tierra. Al contrario de lo que pienso, lo respiro con ganas. Hay una comunión ahí; no es polvo, no ensucia.
Cuando finalmente, a costa de pasitos y pausas, llegamos al ombligo, noto que hay una cueva en la roca como cortada por un cuchillo. En la cueva, una grieta. Y es ahí debajo que se hará la ofrenda. Lo entiendo. Ahí algo de la interioridad efectivamente parece mostrarse. Me siento cerca, y al asomarme a la grieta siento que el aire que se respira allí es más profundo, trae consigo espíritu.
VI
Esperamos. El mayordomo todavía no llegó, y el mayordomo es el que brinda la fiesta. Ceremonia y fiesta se volverán sinónimos acá. Entre los presentes se comparten la preocupación por qué pudo haberle pasado. Es un mayordomo nuevo este año y muy joven para lo que se acostumbra. Parece, se rumorea entre los ya llegados, que no subió por el camino adecuado.
La espera se hace larga. Algunos se sacan los zapatos, otros comen sus viandas, otros se acuestan en la arena gris y se colocan el sombrero sobre la cara para descansar. Somos muchos, casi cien personas, o más. Me pregunto qué pasó con la exclusividad para preservar las tradiciones. Hay fotógrafos, personas que vienen de otras ciudades, visitantes de otras comunidades que nada saben de la mayordomía. Pasa largo rato, horas, hasta que se ve a lo lejos asomarse el estandarte del mayordomo. Hay suspiros de alivio. La ceremonia está pronta a comenzar. Suenan nuevos cohetes. Es en la cueva donde se van dejando, con delicadeza, cada una de las ofrendas. Sandías, melones magueyes, semillas de maíz de diferentes colores, morados amarillos y blancos. En una cruz se viste a Don Goyo, se le coloca su camisa y su pañuelo, se le trenzan las flores. Cuando está listo, comienzan.
Se da inicio a la ceremonia con un Padre Nuestro y varios Ave María (luego de nuevos fuertes cohetes que parecen tiros al aire). Busco con la mirada al tiempero y a los graniceros, pero no los veo. Las oraciones continúan y convierten esa ceremonia tradicional en una misa, una misa de altura. Sahúman las ofrendas y se las entregan al volcán sobre un mantel. Aparecen los colores del banquete, y los instrumentos no tardan en sonar. Las canciones muestran el sincretismo cultural de esta fiesta a Don Goyo Popocatépetl. Cantos sobre las montañas que miran a Tenochtitlán, cantos sobre la omnipresencia de Dios. Pero el tiempero y los graniceros no aparecen, y después nos enteramos que no les permitieron subir. Ellos no subieron a realizar su ritual porque no accedieron o no acordaron profanar la ceremonia. Profanarla para ellos es lo que sucedió: el desmadre, el descuido, la desprotección de las tradiciones.
VII
Las tradiciones son un territorio de disputa, y en esta tierra esa disputa está siempre presente, imposible de olvidarla. Al pie del Popo, en la gran pirámide prehispánica de Cholula, el primer gesto conquistador fue construir una iglesia sobre la pirámide, sepultarla y dejarla cubrir por monte hasta que se vuelva indiscernible del paisaje. Acallar en la superficie, que no se vea. Pero en las profundidades lo que es, permanece. Aunque Hernán Cortés escribió al rey Carlos V en la época de la conquista que en la ciudad de Cholula ya había tantas iglesias que se veían tantas torres como días tiene el año, en el interior de cada una de ellas los trabajadores indígenas no dejaron de disputar su realidad entretejiendo su visión del mundo como señal de resistencia. Esos interiores responden a lo que hoy conocemos como barroco americano, conocido también como churrigeresco, que en su exuberancia y en el amontonamiento de formas y objetos esconden un misterio. En su estética abarrotada se percibe que hay algo por descubrir: el misterio de esa fuente, de ese origen no colonial, de esas tradiciones prehispánicas que claman por hacerse presente. Un claro ejemplo son los querubines de piel morena que abundan en el interior de la iglesia de Tonantzintla. Tonantzin, la madrecita en náhuatl. A ella dedicaron los indígenas esa iglesia, porque en ese sitio, antes de la llegada de los españoles, adoraban a Tonantzin. Allí, entonces, quisieron los españoles construir una iglesia para la Virgen María, y lo que quedó y sigue en pie hoy es la ambigüedad, el sincretismo cultural, y un misterio que deslumbra. En ese gesto decolonial originario, los indígenas expusieron con los mecanismos de la propia conquista (en las iglesias, no fuera de ellas, y con el barroco), objeciones formales a la violencia a la que eran sometidos.
La fiesta en el ombligo del Popo durará horas. En una gran olla se volcará el mole poblano que se fue subiendo en tachos, y se le agregarán dos guajolotes. Uno, entero, se le ofrecerá al Popo en una vasija de barro, junto con la fruta, los cereales y todo lo demás. Otro, trozado, será repartido entre los asistentes a la fiesta, con unas tortillas de maíz calentadas a leña por cuatro mujeres que se pasan las horas dándolas vuelta y vuelta sobre el comal. Rápidamente aparecerán la trompeta y unos instrumentos de cuerdas y vientos. La música oscilará entre lo conocido y lo improvisado, pero será baile. Se le cantará las mañanitas al Popo y se destaparán varias botellas de tequila que serán ofrecidos en vasos de plástico para un brindis comunitario. Para algunos, la mayoría varones, será la puerta de entrada a la bebida de ese día, que continuará bajando por sus gargantas por horas, y quién sabe cómo y en qué estado terminarán descendiendo del volcán.
Al tiempero y a los graniceros no les fue permitido subir al Popo pero, de todas maneras, no dejaron de realizar su ritual. Apartados, al resguardo, sí danzaron y cantaron, pero el sitio preciso les fue arrebatado, como la pirámide fue soterrada. Aún danzan, aún se entrelazan con el espíritu del volcán, aún afirman el tiempo.
La cultura prehispánica de estas tierras no está acostumbrada a pedir permiso. Las personas no piden nada, no establecen plegarias, no cantan para que llueva, sino que cantan porque va a llover. Su relación es de afirmación. Esa certeza siempre me desconcierta, pero efectivamente lloverá.
4 de septiembre de 2025
Carolina Fernández Ares
Nació en Buenos Aires en 1995. Estudió Letras en la UBA y trabajó como docente de literatura en colegios secundarios. Se mueve también entre los oficios de ilustradora, artista plástica, ensayista y cuenta cuentos. Actualmente está cursando la Maestría en Periodismo Narrativo en la UNSAM y busca darle lugar a las pasiones que la mantienen hechizada desde pequeña: escribir y viajar.
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