Viaje al corazón del

Mundo editorial
por Luis Seia
Agentes, editores, traductores, productores. Modernos mercaderes. Aduaneros de tradiciones y linajes. Traficantes de ideas, de estéticas, de lenguas y culturas. En la Feria del Libro de Fráncfort se da cita el mundo de la edición. En esta feria, como en muchas otras, no sólo se venden libros: se venden, sobre todo, ideas de libros –los llamados “derechos de autor”–. La Editorial Universitaria de Villa María (EDUVIM) también recorre los pasillos de la feria para “hacer viajar” sus libros y los de su agencia literaria Pampa.

El otoño alemán de 2019 nos sorprende con demasiado abrigo, a diferencia de las otras veces en las que asistimos a la feria. El relativo calor matinal invita a salir livianos momentos luego del alba. El desayuno lo tomamos en la estación de trenes porque el hotel donde nos alojamos nos cobraba el triple por el desayuno —y el triple, en euros, es un múltiplo que hiere de muerte a cualquier presupuesto en pesos—. Estamos alojados en Mainz (o Maguncia, en su versión castellanizada), a unos 30 km de Fráncfort. Aquí, Gutenberg desarrolló su técnica de impresión moderna con la que, cinco siglos atrás, revolucionaría el mundo de la cultura y la política. Hoy, dos villamarienses emprenden su viaje a orillas del río Rhein emulando aquel viaje que emprendían libreros y editores hacia Fráncfort con el fin de comercializar sus libros.

Al costado de las vías por donde avanza el tren regional (el regionalbahn para los lugareños), van pasando pequeños pueblos intercalados con grandes galpones destinados a la manufactura y a la logística: una combinación cuasi-armoniosa entre arquitecturas bávaras y grandes edificaciones industriales que dan cuenta de la disputa urbana entre el desarrollo fabril y una estética hogareña que resiste a dos aguas. Entre el tren y el subte, calculamos unos 50 minutos para llegar al predio ferial de la ciudad de Fráncfort. En el camino, repasamos el itinerario y ordenamos nuestras herramientas de trabajo: tarjetas personales, planificaciones de reuniones, catálogos de derechos. Son meses de preparación que se condensan en apenas unos días. Todo en orden.

Hacemos combinación en la Hauptbanhof, la estación central de Fráncfort, donde no hace falta recordar qué subtes hay que tomar para ir a la feria, tan solo basta con guiarse por esa gran masa de variadas edades y etnias que se dirige hacia la misma dirección; algunos van provistos de catálogos, otros con bolsas de libros y otros con alguna pieza de merchandising. Bajamos a los andenes y leemos “Messe” en las pantallas que anuncian los próximos servicios: son dos estaciones para llegar al predio donde algo más de siete mil profesionales del libro se darán cita. El modo “feria” se ha activado.

Ni bien pasamos una estación, quien va sentado a nuestro lado comienza a hablarnos en un inglés rústico como si estuviésemos ya en una mesa de algún stand: que de dónde somos, que si somos editores, que la situación del país y de la industria editorial, que yo soy escritor… En los breves minutos que transcurrieron hasta llegar a la estación de la feria, este autor de algún país de Europa del Este –que no llegamos a captar– ya nos había hecho una propuesta para publicar un libro de historia sobre los servicios de inteligencia de la Roma antigua. “Ya fue traducido al italiano, me gustaría que se traduzca al español también”, nos comenta mientras llegamos a nuestro destino y el descenso masivo de asistentes nos separa a una distancia que nos impide intercambiar siquiera las tarjetas de contacto. El modo “feria” presupone la habilitación a entablar contacto y explorar el potencial para hacer negocios con cada profesional con que te cruces en cada momento: con quien hacés la fila para comprar una salchicha, con quien brindás en un cóctel o hasta con quien te cruzás en el baño –siempre considerando el objeto al cual se apunta (el libro, claro)–.

“Ustedes, los argentinos, son más así, de mandarse a hablar con todos”, nos dice una pareja de editores uruguayos que acabamos de conocer en la entrada de la feria. La procedencia rioplatense de la pareja no nos fue muy difícil de determinar: un mate en Fráncfort es más bien un objeto exótico. Y en una mañana inaugural como ésta, pasaba ahora a ser un enlace ideal para un potencial contacto de trabajo. Mientras disfrutamos la infusión quirúrgicamente cebada, la pasarela mecánica nos acerca al pabellón donde se concentran los expositores latinoamericanos. Mate tras mate, la charla con nuestros nuevos contactos charrúas se va volviendo cada vez más amigable a medida que vamos encontrando editores, libreros y gentes en común del mundo editorial: él es autor de una editorial cordobesa amiga, ella es especialista en dramaturgia, ambos conocen nuestros libros y quieren tenerlos en sus librerías de Montevideo. Ni siquiera llegamos a la primera reunión agendada y ya tenemos proyectos de trabajo a futuro. Venir a trabajar a una feria no es otra cosa sino “mandarse a hablar con todos” para buscar ampliar la red de contactos, consolidar los que ya están y, sobre todo, ser receptivo a las nuevas oportunidades que puedan aparecer. Sobre todo, si hay un mate de por medio.

Para determinar las dimensiones de esta feria, es necesario, ante todo, tener en cuenta que aquí participan solo quienes cumplan con una serie de condiciones: desde las económicas (pasajes y estadía en Fráncfort, ticket de acceso, materiales de promoción) hasta los netamente comerciales (contar con la autorización para negociar derechos de autor que tengan cierta relevancia a nivel internacional, formar parte de una empresa que ofrezca servicios relacionados al mundo del libro, etc.). A ello, hay que sumarle la condición idiomática a fin de comunicarse en una o más de las lenguas centrales de la feria (inglés y alemán), lo cual suele recaer, muchas veces, en la necesidad de un intérprete.

Tras este primer recorte, queda claro que las editoriales que participan efectivamente de la feria son un universo ínfimo en comparación con la inmensa cantidad de proyectos editoriales grandes, medianos o pequeños que existen en cada país [1]. En tal sentido, la metáfora de la “cita del mundo editorial” funciona como la representación de mercado que poseen las editoriales asistentes, la relevancia internacional de sus catálogos y el prestigio cultural que ostentan frente a sus pares.

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Las editoriales que participan efectivamente de la feria son un universo ínfimo en comparación con la inmensa cantidad de proyectos editoriales grandes, medianos o pequeños que existen en cada país.

Caminar por los pasillos de la feria implica desandar virtualmente fronteras editoriales, lingüísticas y geopolíticas: en menos de cien metros, se puede estar entre España, Canadá, los Emiratos Árabes o Chile, indagando sobre sus novedades editoriales, sus agendas intelectuales, sus representaciones sobre las principales discusiones en sus regiones. En las entradas de cada pabellón, trabajadores de la organización de la feria nos entregan materiales con información, promoción de eventos destacados y publicaciones sobre la industria —hasta hay una revista que se publica cada jornada de la feria. Entre las páginas de los tantos materiales que vamos recibiendo, nos llama la atención un dossier con información sobre un subsidio a la traducción y a la publicación de obras premiadas. Lleva el nombre de un jeque árabe y en su interior, un listado de los títulos seleccionados y las condiciones de financiamiento. Al ver las cifras que se ofrece a quienes obtengan el subsidio, nos quedamos atónitos, ya que tan solo el monto que se le otorga a un proyecto equivale a una quinta parte de nuestro presupuesto anual.

Una vez que se logra recorrer parte de los stands, es notable la presencia visual –tanto en metros cuadrados como en libros exhibidos y en merchandising–, de los grandes conglomerados editoriales y de los países que apuestan a su sector editorial, sobre todo en comparación con aquellos editores medianos o los stands colectivos de países en desarrollo que cuentan con algunas mesas y unos pocos libros para exhibir. Estas distancias entre quienes nos cruzamos en los pasillos de la feria no son más que reflejo de la hiperconcentración del mercado editorial y de las disputas geopolíticas que se dirimen, también, en el plano cultural. Para decirlo de algún modo más concreto, digamos que algunos no tienen que ahorrar en desayunos.

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Las distancias entre quienes nos cruzamos en los pasillos de la feria no son más que reflejo de la hiperconcentración del mercado editorial y de las disputas geopolíticas que se dirimen, también, en el plano cultural.

Nuestra agenda de reuniones en la feria comenzó un miércoles con una agente italiana que representa nuestras obras de ficción y terminó el viernes con un editor español que publica ensayos, novelas y obras de teatro. Con ambos ya nos conocemos desde hace algunos años y sabemos qué busca cada uno del otro. A lo largo de la feria, hablamos con editoriales académicas, literarias, de libros ilustrados y de ensayos; con institutos de apoyo a la traducción y con empresas de software. A veces, las conversaciones son más asépticas (modo “sajón”, como se les dice), y se restringen a lo meramente comercial: presentación del catálogo, intercambio de comentarios breves, propuestas de publicaciones. En otras, nos apasionamos discutiendo sobre libros, sobre autores, sobre política (más cercano al modo “latino”). En estas últimas, pudimos adentrarnos en el conflicto catalán a través de las miradas de editores de Madrid y de Barcelona, compartimos el lamento con nuestros colegas brasileños por su presente fascistoide, imaginamos modelos económicos más sustentables con los canadienses. Cada quien trae sus intereses, sus preocupaciones, su agenda.

Negociar derechos de autor es algo más que números de ejemplares vendidos, adelantos de regalías, plazos y territorios. Hay un factor humano que es insoslayable. No importa cuán grande sea el sello editorial o la agencia literaria, al tratarse de bienes culturales, opera siempre una dimensión de tipo personal. Cada editor, responsable de adquisiciones o agente quiere dejar, de alguna u otra manera, su marca por la etapa en la que desempeñó determinado rol.

Si bien cada sector de la economía tiene sus rituales, tradiciones y formas de relacionarse, las obras intelectuales tienen un componente del plano de la sensibilidad que gira en torno a los intereses y criterios estéticos de los actores involucrados. No es lo mismo, por mencionar un caso, proponer una obra sobre un narrador argentino descendiente de una familia polaca que se tuvo que exiliar por su condición judía o discutir sobre los parámetros de sanidad que debe cumplir un productor de carne vacuna que intenta exportar sus cortes. No hay dudas de que, en ambos casos, se ponen en disputa intereses económicos, pero en la negociación de derechos de autor se conjugan, además, algunas particularidades: las biografías personales, las trayectorias profesionales y los proyectos político-culturales con los cuales se identifican los actores.

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Si bien se ponen en disputa intereses económicos, en la negociación de derechos de autor se conjugan, además, las biografías personales, las trayectorias profesionales y los proyectos político-culturales con los cuales se identifican los actores.

A la hora de participar de estas reuniones, no se puede obviar cuán importante es la combinación de capitales simbólicos y sociales que deben acumularse para ser lo más efectivo en la propuesta que se acerca a la mesa de negociación. En otras palabras, para “ser parte del negocio”, es preciso entender cómo funcionan las redes interpersonales de legitimación a nivel internacional.
Para graficar esta idea, podría mencionar tres redes de legitimación –de filiaciones, de complicidades y de comuniones literarias– cuyo funcionamiento pude conocer de primera o segunda mano:

  • Las redes de autores. Algún autor reconocido le comenta a su editor que tal otro autor (con quien comparte una concepción sobre la literatura y seguro también alguna que otra copa de vino), ha sido publicado en tal país y en tal lengua, que es muy valioso por tal y tal razón… y que vale la pena editarlo/traducirlo.
  • Las redes de editores. Algún editor sigue con atención un catálogo de otra editorial extranjera que edita libros similares a la suya y le llega la novedad sobre un nuevo autor que, según esta editorial extranjera, es muy valioso por tal y tal razón… y que vale la pena editarlo/traducirlo. En este caso, en lugar de copas de vino, podrían haber sido tequilas en alguna famosa feria del libro en México.
  • Las redes de trabajadores del ecosistema editorial. Algún corrector que formó parte del equipo de tal editorial, ahora se dedica a ser scout (es decir, a sugerir libros a editoriales), lo cual le permite ser reconocido por su experiencia previa y, sobre todo, por su habilidad lectora y “olfato” editorial. Tal corrector le sugiere a su ex coequiper –mientras le sirve otra caña de cerveza–, que tal autor es muy valioso por tal y tal razón… y que vale la pena editarlo/traducirlo.

A diferencia de lo que se sugiere con la combinación de brebajes alcohólicos, estas redes pueden combinarse de todas las formas posibles entre cada uno de los actores que intervienen en el mundo editorial; ya sean traductores, libreros, críticos literarios, periodistas o ilustradores. A fin de cuentas, todos van a estar medidos bajo un mismo parámetro que, según circula en los pasillos de las ferias del libro, resulta ser el factor clave de esta y de tantas profesiones: tener un criterio confiable. Ni un catálogo de best-sellers, ni una gran estructura, ni un mega stand; la circulación internacional de ideas se trata tan solo de encontrar nuevos continentes para un contenido –literal y metafóricamente hablando–. En la concreción de ese encuentro, trabajamos muchos de los que tenemos la suerte, cada tanto, de hacer viajar las letras y las ciencias de una cultura hacia otras latitudes.

 

Nota al pie

[1]  Por citar un ejemplo, de Argentina participaron menos de 10 editoriales, mientras que una de las cámaras del libro más representativas, la CAL, registra no menos de 500 sellos.

Fotos de la Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM, de Luis Seia y de sitios públicos de internet.

Icono fecha publicación   14 de mayo de 2020

Luis Seia

Nació en Villa María en 1986. Se desempeña como agente literario en Pampa Agency, agencia perteneciente al grupo editorial Eduvim, donde ha desarrollado distintas funciones desde 2011. Es parte del colectivo editorial Batalla de Ideas, sello independiente de pensamiento crítico, y asociado en la cooperativa Abrapalabra de servicios lingüísticos, donde trabaja como corrector y traductor del inglés.

Universidad Nacional de Villa María

Secretaría de Comunicación Institucional
Catamarca 1042, Villa María, Córdoba, Argentina

ISSN 2618-5040

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