Ambiente

Pliegues y derivas después de las violencias
por Débora Cerutti | Fotografías de Sofía Bensadon

Hay cosas que sólo poseemos si están perdidas,
 hay cosas que no se pierden si de ellas nos separa la distancia.

Rebecca Solnit, Una guía sobre el arte de perderse

Mi cuerpo habita el valle de Traslasierra, Córdoba, territorio kamiare [1] arrasado por el negocio inmobiliario, por el desmonte, por los incendios intencionales, por una crisis hídrica que se ha convertido en el problema mío, de mi vecina, de la comunidad que me abraza. Desde esa Córdoba, que también es la Córdoba de múltiples resistencias, he salido a caminar con mi oficio de escuchadora y escribidora de historias, de fotoperiodista y radialista feminista, de investigadora antiextractivista. A lo largo de estos últimos quince años de mi vida, he recorrido salares, montañas, ríos, pueblitos de tejedoras, de cantoras, de luchadoras. Paisajes áridos y desérticos, selváticos y montañosos, de mares y soles. En cada uno de esos territorios, existen corporalidades humanas que se paran contra el avance del extractivismo en sus diversos rostros y facetas capitalistas. 

Entre esas corporalidades, estamos nosotras, sujetas incontables, excedentarias y excesivas respecto lo que el estado- nación y las corporaciones cuentan como voces válidas en la configuración del mundo posible. Nosotras nos preguntamos ¿progreso y desarrollo a costa de qué?, ¿avances tecnológicos hasta dónde?

Collage de fotos de montaña

Nosotras, que ponemos el cuerpo en escenarios de enunciación política que se vuelven cada vez más hostiles, nos paramos a decir que no hay vuelta a la normalidad después de una pandemia a nivel mundial. Que la transición energética es corporativa, jerárquica y que no viene a resolver el problema de fondo. Que a veces, es necesario no tener, para no perder.

La biodiversidad del planeta está en jaque. Nos toca enfrentar el miedo a mundos devastados, sin paralizarnos. Alerta y movimiento. Un miedo que nos impulse a pensar que otro mundo es posible. Ese miedo que ya hemos sentido y nos da fuerza para luchar contra el patriarcado. Contra los proyectos de muerte, contra el capitalismo que convierte nuestros vínculos en mercancía.

¿Cómo volvemos a tomar fuerza después de tantos años de lucha contra este modelo extractivo? ¿Cómo seguir poniendo el cuerpo después y entre tantas violencias?

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La biodiversidad del planeta está en jaque. Nos toca enfrentar el miedo sin paralizarnos. ¿Cómo seguir poniendo el cuerpo contra este modelo extractivo?

Destejer la trama oscura

Cuando ponemos en relación los datos, investigaciones, análisis producidos durante los últimos 50 años vemos cómo, rápidamente, la humanidad ha ido destruyendo sus propias posibilidades de existencia, de la mano de una trama de violencias que se ha configurado en un tejido oscuro, espeso, compacto. Un tiempo geológico que hemos aprendido a llamar antropoceno y también capitaloceno, porque sabemos que el problema es una humanidad que ha centrado su vida alrededor de la acumulación de capital y ha puesto en riesgo la vida en el planeta para cientos de miles de especies. Período marcado por fuertes transformaciones en un tiempo corto en relación a la larga historia de la tierra: los hechos son graves.

Pero vemos también en ese tejido hilos de resistencia rompiendo con la configuración uniforme que el modelo extractivista intenta imponer. Se advierten cuerpos resistentes que plantean un disenso, ponen sobre el tapete el conflicto sobre la configuración del mundo común por el cual un mundo común existe, al decir de Ranciere, reclamando el derecho a la auto y libre determinación de las comunidades, a la no-imposición de este modelo de desarrollo.

En lo que respecta al extractivismo minero, cuestión que vengo abordando en sus múltiples facetas perturbadoras, vemos, por ejemplo, como en Catamarca, después de años de explotación de La Alumbrera, los argumentos económicos que aseguran el crecimiento de la provincia “gracias a la megaminería”, se caen. También, “gracias a la megaminería”, se produjeron “desastres socioambientales”, llamados por la prensa de las corporaciones como “accidentes mineros” y hoy nombrados por nosotres como ecocidio: las roturas del mineraloducto del proyecto Bajo La Alumbrera en Catamarca, el derrame de aguas cianuradas en las nacientes de los ríos y la destrucción irreversible de glaciares gracias al proyecto Veladero en la provincia de San Juan, la pérdida de biodiversidad y el secado de vegas, sistemas de alta complejidad en el Salar del Hombre Muerto, también provincia de Catamarca, son algunas de las tantas postales trágicas de este paisaje.

Collage de fotos

A lo largo de estas últimas décadas, hemos visto que las configuraciones y dinámicas particulares de cada territorio dan cuenta de procesos tendientes a hacer callar las voces que critican y cuestionan la toma de decisiones sobre nuestros cuerpos-territorios, que plantean que el modelo extractivo que se intenta imponer es un modelo de muerte, que avasalla, que reprime, judicializa, que destruye nuestra capacidad de autonomía,  nuestras posibilidades de imaginar y vivir territorios sin explosiones de rocas, sin bombeos de aguas fósiles, sin inyecciones de químicos a la tierra.

Respirar y hacer memoria

Las fronteras se refuerzan. El conocimiento se vuelve privativo.  En medio de un escenario casi apocalíptico, se sigue despertando una esperanza. Una posibilidad. Una potencia. Una política de un acontecimiento desmedido, singular, impensable: frenar los proyectos extractivos que nos quieren imponer. Defender el agua, para nosotras, para todos los seres vivos, y para las futuras generaciones. La pregunta se vuelve picazón en la piel y en las entrañas: ¿cómo?

No es una tarea fácil la que nos toca. La primera deriva: llenar los pulmones de resistencia.

Respiremos detenidamente el tiempo que nos toca vivir, en medio de esta atmósfera que parece irrespirable. Los pulmones son el punto débil. Una crisis del cuerpo, un cuerpo vivo que no soporta un virus, un aire que se viene oscureciendo en las grandes ciudades, que está lleno de agroquímicos sobre pueblos fumigados. Un aire que se vuelve turbio por las cenizas de los incendios en los humedales del Paraná, un aire lleno de polvo en suspensión por las voladuras de montañas por el proyecto Mara-Agua Rica en los pliegues del cordón montañoso del Aconquija, que hoy ha comenzado con las dinamitas en el cerro. Nos toca, como generaciones vivas, llenar los pulmones de resistencia.

Collage de fotos

Desde nuestros cuerpos-territorios venimos cuestionando no sólo la idea de “desarrollo” sino  también el sistema democrático formal y la imposición de que este sea la única forma de participación política “aceptada”. Así, por ejemplo, salimos a las calles en Esquel, en el año 2003, a decirle No a la mina, y también salimos en Mendoza a defender la ley 7722, apenas unos meses antes de que se decretara el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, allá en marzo del 2020, cuando permanecimos encerradas en nuestras casas mientras los proyectos extractivos seguían operando.

Postales pre-pandémicas son también la del pueblo chileno en la plaza La dignidad, las de Haití, las de nuestra Marea Verde repercutiendo en oleajes en cada rincón de América Latina. ¿Cuánto de nuestras energías vitales y colectivas congeló, apaciguó, trastocó esta pandemia? 

Nos habita el deseo de vida. Nos moviliza el derecho a ser, de elegir cómo queremos vivir, en un mundo donde está en juego la muerte entrópica del planeta. Nos moviliza cada árbol que es quemado, cada agua que es contaminada, cada piedra que es volada por los aires, cada zorrito que muere por el trazado de autovías. Nuestros cuerpos, nuestras vidas humanas, nuestra conexión con eso que somos y de dónde venimos, sienten la pérdida del latir vegetal, del monte con sus animales muertos, del río con sus peces asfixiados. 

Pero también sienten el llamado a cuidarlo, a acompañar el rebrote, la florescencia. Sembrar, cuidar, conocer el monte para defenderlo. Oler la sal, saludar al cerro para conocerlo. Defender el agua, esa misma agua que guarda la memoria de todos los tiempos. Agua y memoria, supieron pronunciar y repetir una y otra vez les compas de Andalgalá tras la represión brutal del 15 de febrero de 2010. Agua y memoria en cada Caminata por la vida. Agua y memoria. Un conjuro para una vida digna.

Poner el cuerpo

Poner el cuerpo es una enunciación profundamente política, construida desde las comunidades que resisten al extractivismo. Enunciación que está impregnada de procesos de constitución de subjetivación política y generación de autonomía. En su parte más literal, significa el reconocimiento del cuerpo en sí como lugar de lucha, al decir de Lorena Cabnal [2], como primer territorio de defensa.

Así, la segunda deriva a nuestras preguntas: poner el cuerpo sin morir en el intento. Mejor dicho, sin que nos maten en el hacerlo.  

Poner el cuerpo aparece como una disrupción territorial que representa poner en juego ideales y convicciones, subjetividades que se van construyendo colectivamente y cuyo núcleo es la oposición a un modelo de desarrollo extractivo. Poner el cuerpo ha sido también pararse en medio de la ruta frente a camiones de gran porte, recibir golpes de la policía, madrugarse con el frío en un acampe a la vera de la ruta, haciendo guardias de noche impidiendo que los camiones con insumos mineros lleguen a su destino, retrasando y frustrando los planes de las corporaciones. 

Somos también cuerpos rebeldes para un sistema jurídico que criminaliza la protesta social. Producimos discursividades que ponen en escena la tensión entre lo legal y lo legítimo. Excedemos y trascendemos la racionalidad económica. Se nos vuelve insoportable, saber al cerro dinamitado, a los bosques de tabaquillo quemados en las sierras cordobesas, a los zorritos muertos, a los pájaros sin lugar donde cantar. Se nos vuelve insoportable el hueco en la montaña. Los peces muertos en el río. Nuestras compañeras encarceladas.

Collage de fotos

Poner el cuerpo aparece como experiencia autoafirmativa de quienes nos involucramos en el proceso de conflictividad socioambiental. Nos construimos de manera intermitente y con diversidad de identidades. Pero hay una lucha común, una praxis que disputa el territorio porque este se convierte en fuente de vida, de sobrevivencia, de continuidad de las futuras generaciones y de un vivir bien. Porque no queremos sobrevivir, queremos vivir bien.

Ser y hacer comunidad

En Argentina en particular, tuvimos un incremento en la conflictividad social relacionada con las luchas por los bienes comunes en las dos últimas décadas. Aparecimos. Nos multiplicamos en cientos de asambleas socioambientales, en redes territoriales, en medios comunitarios y cooperativos que difundimos a lo largo y ancho del país lo que pasa en nuestros rincones alejados de los centros urbanos, de los centralismos porteños, de los grandes medios hegemónicos. 

Nuestra decisión política de vivir sin extractivismo, emerge en un lenguaje que se traduce en consignas, en frases como “el agua vale más que el oro y el litio”, “pobreza y dolor sólo trajo el progreso”. Nuestras palabras, nuestras formas de nombrar las cosas, son también un acto político de nuestros cuerpos-territorios. Se encarnan conflictos, se denuncian daños y violencias, se enuncian horizontes y nudos políticos.

Collage de fotos

Como cuerpos-territorios que resisten, no hemos permanecido quietes, las alianzas se van reconfigurando y por ende rearmando el quiénes somos, la comunidad en resistencia. Pero sí hay algo que me parece clave para estos procesos y eso lo debemos valorar como parte de nuestro ethos, como un carácter propio de nuestras luchas: la construcción de vínculos de solidaridad y reciprocidad.  

Tercera deriva: hoy, más que nunca, es necesario retejer esas redes. Volver a trazar puntadas. Volver a articular las luchas, para potenciarlas. Encontrarnos cara a cara.

No hay afuera de la violencia

Estamos en los años cansados, me dijo un viejo salinero llamado Marcos que conocí en el Contra seminario de litio que se realizó en mayo de 2022, frente al despliegue perverso y obsceno de la décima edición del seminario Litio en Sudamérica, que contó con la presencia de toda la crema y pompa extractivista [3]. Marcos es también un ex trabajador de la mina Pirquitas, que se encuentra en la provincia de Jujuy; vio de cerquita parte de las violencias que llevan adelante las mineras cuando le tocó trasladar parte de los bártulos de gente que vivía donde pusieron la mina, despojada de sus cosas, de sus tierras. 

Estos años cansados, como decían también las abuelas de Marcos, no son fáciles. Nos agotan. Nos quitan las fuerzas para seguir luchando, después de tanta lucha, después de tanto encierro, después de tantas violencias. Los años cansados hablan de un agotamiento de la tierra. Los años cansados hablan de que esa misma agua que transita por nuestros cuerpos, y tiene la memoria de todos los tiempos, va agotando sus posibilidades de sanarnos, de vitalizarnos.

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En estos años cansados no hay afuera de la violencia neoliberal, decimos desde el proyecto Memoria en Territorio [4] en el que venimos plasmando una serie de crónicas sobre los años noventa: desde el atentado a mi pueblo natal cuando el terrorismo de estado hizo volar una fábrica militar en Río Tercero, pasando por las luchas mapuche del Puelmapu, hasta las violencias de las tierras catamarqueñas donde el femicidio de María Soledad Morales se marcó en la cartografía del dolor mientras se firmaban los primeros acuerdos mineros por el emprendimiento Bajo la Alumbrera. 

No hay afuera de la violencia. Pero es entre los pliegues del pensar desde el cuerpo-territorio, que podemos hacer más comprensibles los múltiples “cruces de operaciones”, al decir de Mirta Antonelli [5], donde se teje e imprime el patriarcado, el colonialismo y el extractivismo. Siguiendo a Rita Segato [6], es en especial en el cuerpo femenino y feminizado, donde los enemigos graban con saña las señales de su antagonismo. Nuestros cuerpos de mujeres cis, trans, travestis, no binaries, aparecen como lugares particulares de inscripción de estas violencias en América Latina, cuando en el protagonismo de nuestras resistencias damos cuenta de una conexión directa con el cuidado y la defensa de la reproducción de la vida.

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Hay una lucha común que disputa el territorio en tanto posibilidad de continuidad de futuras generaciones. No queremos sobrevivir, queremos vivir bien.

El compostaje y la alegría

El tiempo que ellos han tardado en apropiarse del mundo nos ha permitido una demora que ha hecho posible hallazgos más vitales, que nos permitirían subsistir en la libertad. En el fin de la ilusión del poder, a ellos los espera la tristeza, donde desaparecerán. La mecánica del mundo es para la alegría. Ellos nunca podrán modificar esa mecánica, ni con las manos ni con el pensamiento.

Daniel Moyano, Tres golpes de timbal

¿Qué es lo que tenemos que morir? ¿Qué cadáveres tenemos que enterrar y que el suelo haga lo suyo? [7] ¿Cómo abonamos la tierra de nuestras luchas? ¿Qué queremos que devoren las lombrices? 

En el valle donde vivo hay una pregunta que en muchos ámbitos acompaña el presentarse. Tiene que ver con este mundo astrológico al que cada vez más personas recurren para encontrar algunas explicaciones que nos permitan movernos entre tanta incertidumbre y cansancio. Hola, soy Débora, tengo el sol en escorpio, mi luna en escorpio y mi ascendente en escorpio. La gente me mira asombrada, me pregunta cómo hago para vivir con tanto escorpio en sangre. Les digo: mucha agua. A veces estar dentro de un pantano y otras correr como río hacia el mar. Aprendí a hundirme en texturas lodosas y salir llena de flores acuáticas. A enterrar mis cadáveres para que se conviertan en energía que se renueva. Traigo esto, para pensar que la muerte es algo que nos rodea. Pero que tenemos la posibilidad de que tanta muerte alrededor nos permita generar tierra fértil tras el compostaje. 

Entre tanta muerte tenemos que pensar colectivamente cómo generar espacios para trabajar traumas que están en el cuerpo, tanto físicos como espirituales y mentales. Que no son traumas individuales sino colectivos, aunque nos quieran hacer creer que cada cual tiene que arreglárselas sola. 

Allí, la cuarta deriva: el ejercicio de la memoria como gesto intencional, vital y liberador. La posibilidad de doler y reparar nuestros cuerpos, trabajar los traumas colectivos de nuestros pueblos para que ya no se repitan, para poder liberarnos del dolor, no como olvido. Sino bordando nuestras cicatrices, tatuando flores alrededor de las mismas. 

Trabajar colectivamente la angustia, la impotencia, el daño, nos permite también hacer más vivible la asimetría del poder en la que nos vemos envueltas. Por eso, la memoria colectiva es un ejercicio que nos permite reescribir una y otra vez sobre nuestros cuerpos-territorios la posibilidad de que las cosas sean distintas. Para que la historia cambie. Para que el rumbo de nuestras vidas sea otro. 

Hacer memoria intencionalmente nos permite también comprender cómo no se trata sólo de mí, sino de procesos que han buscado una afectación colectiva; en nuestros cuerpos están impresas nuestras angustias y dolores y es también sobre ellas que bordamos nuestras luchas y resistencias, nuestros sueños y deseos. 

Collage de fotos

En los años cansados es necesario reinventar la política. Seguir des-identificándonos con respecto a lo que el Estado hace en nuestro nombre y en nombre de la población.  No dejando que se apropien de nuestra fuerza vital, de nuestra alegría. 

Las violencias no pueden ser borradas, pero sí bordadas. Bordar, ese arte tan meticuloso y cuidadoso. Bordar, ese procedimiento tan antiguo de hilar fino. Bordar para mostrar la belleza de nuestros territorios. Bordar para hacer menos lastimosas las marcas, las cicatrices del daño que procuraron hacernos. Bordar la memoria del agua, poniendo el cuerpo, con todos los colores posibles, con toda la creatividad necesaria. Bordar para abrigar y proteger nuestros cuerpos entre tantas violencias.

Notas al pie

[1] Traslasierra es una denominación que fue dada al valle que habito por las personas que migraron hacia allí o que iban de turistas. En conversaciones con Nito Oviedo, uno de los albañiles que construyó mi casa, me dijo: “el nombre vino después, los que venían de otro lado le decían así”. Estas tierras fueron antiguamente habitadas por el pueblo kamiare que habitó lo que hoy es San Luis y Córdoba.
[2] Si se quiere profundizar, aquí https://www.youtube.com/watch?v=gOkbzksSakQ&vl=es-419 el video realizado en el marco del proyecto “Humus” desde el colectivo La Tinta, donde Lorena Cabnal historiza el encuentro de un grupo de cuerpos indignados de mujeres, comparte sus reflexiones sobre las formas patriarcales originarias y sobre la importancia de considerar nuestros cuerpos como nuestro primer territorio de defensa.
[3] Ver https://diciembre.org/2022/07/28/litio-en-los-anos-cansados/ 
[4] Memoria en territorio es un proyecto busca poner bajo la lupa a los años 90 en la Argentina a través de la reconstrucción de distintos hechos sucedidos en distintos puntos del país. Busca ser un archivo virtual, un repositorio documental que nos permite hablar, comprender y ser memorias vivas de distintos territorios. Ver https://www.memoriaenterritorio.com.ar/ 
[5] Esta propuesta la podemos encontrar en Antonelli, Mirta (2011): “Megaminería, desterritorialización del estado y biopolítica”, en Revista Astrolabio Número 7, 2011. Nueva Época.
[6] Ver: Segato, Rita Laura (2016). La guerra contra las mujeres, Traficante de Sueños, Madrid. 
[7] Estas preguntas surgen en diálogo con la lectura del libro “Astrología para el cuidado de la vida” (2022) de Julia Cabrolie, desde una propuesta de astrología de tiempo cíclico, poético y ecofeminista. 

Icono fecha publicación  4 de mayo de 2023

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Débora Cerutti

Es investigadora posdoctoral de CONICET, fotoperiodista. Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba, doctora en Estudios Sociales de América Latina por el Centro de Estudios Avanzados de la misma institución. Trabaja la extracción de litio desde una perspectiva de (in)justicia ambiental y conflictividad socioterritorial. Lleva adelante el proyecto Memoria en Territorio junto a la Fundación Rosa Luxemburgo.

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Sofía Bensadon

Nació en Argentina en 1994. Es realizadora audiovisual, fotógrafa y antropóloga social y cultural por la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín. Es parte del colectivo de estudiantes y jóvenes investigadoras La Cocina de la Investigación y de la organización chilena Oficios Varios. Su práctica se impulsa a través de investigaciones que exploran la memoria del cuerpo, el trabajo manual y el concepto de habitar.

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Universidad Nacional de Villa María

Secretaría de Comunicación Institucional
Bv. España 210 (Planta Alta), Villa María, Córdoba, Argentina

ISSN 2618-5040

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