Elijo compartir aquí algunos comentarios sobre el libro Vivir con virus de Marta Dillon* como un intento de reflexionar sobre los acontecimientos que nos toca atravesar en tiempos de coronavirus. Tomar como referencia un libro significa que me distancio de la posibilidad de hacer coincidir mis formulaciones con soluciones para ser aplicadas: por el contrario, espero que sean útiles para hacer resonar en cada uno sus propias respuestas.
Vivir con virus es un conjunto de relatos de la vida cotidiana escritos para el diario Página 12 bajo el formato de columnas semanales que van desde el año 1995 hasta el año 2003. Allí la autora nos ofrece su testimonio sobre cómo era vivir con el virus del VIH en tiempos en que este aún no tenía respuestas, lo cual tuvo muchas consecuencias, entre ellas, la muerte de una gran cantidad de personas. Para el año 2004 esas columnas devinieron en libro y hace unos días su última edición del año 2016 fue liberada por la Editorial de la Universidad Nacional de La Plata, con autorización de la autora, “para leer en cuarentena”. Esta liberación no provoca ni implica necesariamente un vínculo temático con el devenir de la pandemia, pero sí sugiere y habilita la posibilidad de un gesto de lectura que tenga en cuenta la situación actual.
En el prólogo de esa última edición la autora ya puede decir: “Pero no tengo intenciones de hablar sobre sida, aunque ahí esté el origen de esta trama. Este es un libro sobre el duelo y la fiesta”.
Encuentro en esta primera cita la marca desde la cual realicé mi lectura del libro. Hay algo en lo que se dice que no está basado en una intención consciente, escapa a lo dicho o no se reduce a ello. No es el sida, no es el virus, no es sólo el duelo, no es sólo la fiesta, hay algo que no se deja atrapar por las palabras. Me permito ubicar en esa “y” que existe entre duelo y fiesta la dimensión de esta pérdida; pero si seguimos sus huellas, se nos revela también como una causa.
Dice Dillon: “…cada hueco nos enseña cómo volver a enhebrar cuando perdimos un punto, una hilera, esa hebra que tan bien combinaba con nuestra forma de seguir adelante”.
A medida que se desarrollan los relatos en el libro, el hueco entendido como un no saber (a veces sobre el diagnóstico y el cuerpo propio, otras sobre la muerte de amigos y amigas, otras sobre la medicación), da cuenta de cómo los sentidos imaginados que organizaban la realidad hasta ese momento ya no sirven como respuesta. Podemos decir que quedan al desnudo revelando un límite, donde la palabra aprendida ya no es un marco de referencia para orientar sobre los modos de habitar el mundo.
Si la realidad nos brinda usualmente la apariencia de una armonía entre lo que nos sucede y el saber que de ello tenemos, la aparición de un virus del que ni la ciencia sabe no puede menos que desorganizarnos, nos enfrenta con la angustia que aparece horadando incluso la dimensión del tiempo cronológico, generando una ruptura allí donde existía la convicción de que las horas y los días pasan. Por eso me parece importante recuperar esa hebra que Dillon traza en su libro para pensarla como otra manera de leer la palabra “respuesta”, haciendo de ella un acto de construcción de pequeñas invenciones. Digo pequeñas para hacer entrar allí la idea de fragmento, de retazo, de fragilidad, la idea de un tejido punto por punto.
Es desde ese agujero de saber que la hebra (que es también la “y” ) adquiere su privilegio, se vuelve activa, se vuelve causa para dar lugar a nuevas combinaciones que la autora va tejiendo: la paciencia y la discriminación, lo que tiene para dar y lo que le falta, el dolor y los latidos, las caricias y la perplejidad, el amor y los hospitales, la danza y el desconsuelo, el sexo y el cóctel, la risa y la enfermedad, el cansancio y la música, el terror y las pastillas, el sangrado y el calor, el duelo y la fiesta, el virus y la vida. La hebra, la “y”, une aquello que separa y lo hace por fuera de toda síntesis: los elementos quedan apenas hilvanados, conviviendo en un equilibrio precario que les permite su suspensión sobre el agujero.
Está claro entonces, que una respuesta que se inicia en un hueco de saber no parece ser correlativa a las ambiciones de las grandes teorías explicativas o conspirativas, no hay en ella una fuente última del conocimiento ni la figura de un Amo salvador. El libro muestra algunas de estas elucubraciones en relación al virus del VIH pero no se detiene mucho en ellas. Estas soluciones ortodoxas, cuando no místicas, responden a un programa cuya meta es la adaptación a una regla, a una forma preestablecida del ser, donde la respuesta sólo se trata de copiar lo que dicen que debemos hacer, en tanto la hebra única e irrepetible permite a la autora incorporar lo imprevisto y el cuerpo: “Si a pesar de estar cada uno en nuestra burbuja de pronto un roce te conmueve o sentís entre las piernas esa punzada que te habla directo al corazón, y si a pesar de la enfermedad y del miedo un calor repentino sube a tus mejillas y el cuello se te eriza porque alguien dijo tu nombre, entonces todo es posible”.
Vivir con virus es una respuesta que me recuerda que el sujeto para el psicoanálisis es siempre sujeto de un deseo y de un goce no cuantificable. Algo que no está en el plano de lo domable se nos revela tropezando entre palabras para que lo vivo siga palpitando.
*Marta Dillon es periodista, escritora y una de las fundadoras del movimiento Ni una Menos en Argentina.
Foto de portada de SwapnIl Dwivedi (Unsplash).
19 de mayo de 2020
Laila Alcalá Riff
Es licenciada en psicología por la Universidad Nacional de Córdoba. Practica el psicoanálisis de orientación lacaniana en la ciudad de Villa María. Integra el espacio Psicoanálisis en la Ciudad, desde el cual se realizan diversas actividades culturales vinculadas a la formación de analistas. Trabaja en el equipo de cuidado integral de personas que viven con VIH de la Secretaria de Salud de la Municipalidad de Villa María. Conoce los escritos de Marta Dillon a partir de su hermano Federico, licenciado en Letras Modernas, quien le regala el libro Aparecida. Le gusta vivir en una ciudad en la que se habla de Edith Vera, Jorge Bonino y Fernando Bonfiglioli.