Lo inaferrable [1]
Un padre que muere, las cenizas leopardianas despedidas en otro lado por el volcán Vesubio que vuelven todo el tiempo, la vida como padre y como hijo recién huérfano en una ciudad de la pampa cordobesa, una paloma que sobrevuela las ruinas de Pompeya, el viento del Mediterráneo y los atardeceres plácidos en un camino de tierra perdido en la provincia argentina. O un punto en Google Maps que señala un espacio del recuerdo, lo extranjero en el cuerpo de la lengua de Alemania que el poeta bien conoce, el relampagueo de una tierra, Siria, sacudida en estos años por la guerra, de la que se proviene pero a la que no se vuelve nunca. Esos son algunos de los materiales que confluyen en Con mis manos dormidas, el segundo libro de poemas de Juan Pablo Abraham, nacido en Noetinger, en la provincia de Córdoba, y residente ahora en la ciudad de Villa María.
El silencio al silencio
como el agua al agua
que van sin límites por el tiempo.
Mientras tanto
podés patear palabras,
sílabas que no encajan del todo en este mundo.
Aunque quieras escribirlo una y mil veces
deberá esperar el secreto vedado.
La poesía de Abraham sabe que se escribe a partir de ese magma inaferrable que se ubica en el lugar de lo secreto, pero nunca de lo oculto. En Con mis manos dormidas, el que escribe lo hace como quien explora un camino de tierra en la llanura cuando se va de pesca (la escena está en uno de los poemas): no para llegar alguna vez a algún punto soñado, a algún paisaje idílico, a algún lugar ameno, sino para seguir caminando al borde de las cunetas de lo no dicho, esa cosa que permanece siempre callada en el poema.
Este libro de Abraham sabe además otra cosa: que el poeta, como dice un filósofo que amamos [2] en algún cuaderno recientemente recuperado, es sorprendido por el lenguaje. Es sorpresso, anota el pensador en el original en italiano, como si se estuviera casi al borde de la supresión del yo, del vos que me escucha, de todo.

La poesía de Abraham sabe que se escribe a partir de ese magma inaferrable que se ubica en el lugar de lo secreto, pero nunca de lo oculto.
Tal vez escribamos poesía no para conocernos mejor, ni para conocer mejor al otro. Tal vez lo hacemos para ser sorprendidos y estar a punto, siempre, de suprimirnos con la luz de esas apariciones.
El libro de Abraham nos dice (de manera perentoria) que la palabra es poética no tanto porque, como quiere su etimología, produzca, haga, sino que lo es, antes que todo, porque es exploración de una memoria.
La poesía de Con mis manos dormidas no es, en rigor, esa memoria. Menos aún, es posesión de ella. No la blinda. Por el contrario, la poesía de este libro de Abraham es solidaria con aquella que sabe que es búsqueda, que es un caminar que acaso nunca llegue (porque ni siquiera lo desea) a la plenitud de la posesión de ese objeto, de esa cosa que permanece siempre afuera, que está todo el tiempo en otro lugar: obstinada, sorda a la palabra, alienada del ritmo, ajena al lenguaje, tocada apenas por una palabra que irradia. Y en ese hecho de nunca agarrar del todo, en ese gesto de no poseer aquello mismo que justifica su existencia, la poesía sucede.
Fotos de Carolina Ramírez. Producción audiovisual de Carolina Ramírez – Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM.
16 de abril de 2025
Diego Bentivegna
Publicó los libros de poesía Las reliquias (Córdoba, Alción), La pura luz (Buenos Aires, Cabiria), Geometría o angustia (Valencia, Pre-Textos) y El pozo y la pirámide (Buenos Aires, Audisea). Publicó además varios libros de ensayo y obtuvo por uno de ellos el Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires. Es docente de Literatura (Universidad de Buenos y Universidad Nacional de Tres de Febrero) e investigador.