Libro

Penumbra de mí en la noche
por Mateo Rello

Penumbra de mí en la noche (Tanta Ceniza, Argentina, 2025), décimo título en la producción de Marisa Martínez Pérsico, es el fruto de una residencia de escritura en la isla de Gotlandia. Quizás, sólo quizás, esa residencia pudo llegar en el preciso momento en que la autora atravesaba una época de crisis o de transición; quizás, sólo quizás, en el azar de la insularidad encontró la autora la perfecta metáfora de la pausa geográfica y vital en que se encontraba. El caso es que el libro podría considerarse un dietario simbólico de algo más que una residencia de escritura: la plasmación en versos de unos, dicho laicamente, ejercicios espirituales muy oportunos.

El título parece revelador de la situación en la que se encuentra la voz cuando afronta el trance y la escritura. Es una convención enojosa esto de ‘la voz’, pero ahora lo es menos, porque esa ‘penumbra de mí’ es su boca que canta en la noche, construyendo una zona confusa, donde las formas se funden con las sombras. Pero donde el latido es certeza. Una zona, al cabo, que no es ajena a otros títulos de la autora, que suele escribir en el meridiano que separa -o une- la vida y la quimera.

Penumbra de mí en la noche se sitúa, nos sitúa, en un ámbito laberíntico. Marisa, que sabe buscar un discurso propio para cada proyecto manteniendo siempre una voz reconocible, esta vez construye un lenguaje más despojado de elementos narrativos o discursivos que en otras obras, un lenguaje más denso de imágenes con las que levanta ese laberinto y apunta sus salidas. Aunque no toca ahora teorizar ni estoy descubriendo nada, apuntaré que en la imagen poética se dice lo que no existía hasta entonces y se dice de forma que hace que lo extraordinario parezca natural. Ese es el raro arte de la imagen poética, y Martínez Pérsico lo domina a la perfección; dueña de un oficio pacientemente consolidado y de una rica imaginación, se adentra en un territorio de preguntas o, mejor dicho, lo construye, con el lenguaje de la sibila: más paradójico que oscuro y sapiencial a su modo paradójico.

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En este libro la poeta se encuentra a sí misma en la extranjería vital. Quién soy, por cuánto tiempo y dónde no son las preguntas: son la respuesta.

Ya he dicho que el libro se escribió durante una residencia creativa en la isla de Gotlandia. Y el imaginario de la isla, con su inagotable simbolismo, determina la obra. Isla: pausa, estancia, aislamiento, condición humana que es siempre transitoria; isla que, lo sabe, nunca será su hogar. La autora abre y cierra con la referencia insular. Revelador de su situación existencial, el primer poema es un laberinto, implícita referencia al de otra isla, Creta, pero éste “Laberinto abierto”. Por cierto, con mensaje a su ‘yo futura’. Ariadna de sí misma, creo que no es la primera vez que la autora se deja mensajes para la mujer que será. Creta de amores y preguntas, porque el libro tiene mucho de cancionero amoroso, tanto del amor, digamos, de pareja, como del amor fraternal o maternal, que en este libro apenas se apunta.

Esa indagación tiene que ver tanto con la realidad externa y con la vida, como con la propia identidad. No habrá nunca respuestas, pero sí comprensión de que la naturaleza más profunda de esa realidad está precisamente en el cambio y asunción de los conflictos de encontrar la identidad precisamente en el tránsito. Una suerte de vitalidad desasosegada inspira, pues, estos versos.

Ya la primera sección del libro acude a la paradoja para titularse “La intuición que piensa”. Su campo semántico es muy revelador del territorio en el que esa intuición busca: “incógnita”, “desentrañar”, “revelación”, “descifrar”, “preguntas”. Me gusta encontrar incluso una filiación mística cuando ilumina su salto amoroso diciendo, con Juan de la Cruz: “Me escapé/ de donde no sabía/ para llegar contigo/ adonde tampoco sé”. Me gusta también que la autora sea tan consciente de que afronta su búsqueda escribiendo poemas y acaso incluso con una cierta conciencia de la sacralidad del oficio: va repitiendo “cantar”, “canto”, “canción” mientras escribe y canta.

Estos poemas crecen en la contradicción. La poeta se sabe enemiga de su propia estabilidad: “no finjas/ más, te hechiza lo lejano”, dice en algún momento. Dirá también: “A veces tengo miedo/ de moldear el corazón/ por el lado de las armas.// Ver espejos quebrados/ por las piedras que yo misma lancé// y reconocerme”. Hablando en la segunda parte del libro con la hermana, la poeta cuestiona el falso refugio, el perdido paraíso permanente de las “fábulas eternas” de la infancia; más tarde, reconociéndose como Pessoa una fingidora, amplía su impugnación: “La memoria/ es una fábula dudosa: carga/ con los escrúpulos de su época,/ y el poeta –la poeta– roza su falsedad/ riendo”. Es significativo que, al hablar con la amiga que murió, la autora la sitúe entre “neblina” y “penumbra”, desde donde ella misma escribe y titula.

Va siendo hora de decir que, si la vida es un laberinto misterioso, la propia identidad no lo es menos. La poeta se encuentra a sí misma en la extranjería vital. Quién soy, por cuánto tiempo y dónde no son las preguntas: son la respuesta. Escribir poemas es el modo de vida con que la poeta vive, valga la redundancia, esa afirmación. 

Al cabo, pues, el tránsito -y no sólo como desplazamiento, viaje o nomadismo, sino como transcurrir de nuestra propia vida hacia la muerte- es nuestra naturaleza, la condición doliente que acentúa el misterio maravilloso de esa vida: “un extraño crujir de río que ha cantado/ en medio del incendio”, como dicen dos versos del libro. En coherencia con esta conciencia cíclica, el cuerpo, que tiene una presencia importante en toda la obra de Marisa Martínez Pérsico, la tiene aquí en simbiosis con el paisaje de la isla, muy presente en estos versos.

Penumbra de mí en la noche es, en fin, un libro de introspección y de reconstrucción; también de reconciliación con el animal que somos. No es una obra amable, porque está escrita, cosa habitual en la autora, por otro lado, desde el desarraigo y desde la conciencia de fragilidad. También, en parte, desde la condición del derrotado, de la que todos participamos en un momento u otro. Y quiero recordar aquí aquel poema de Finlandia en el que Marisa habla del accidente en que su padre perdió el dedo pulgar y concluye que todos somos, de un modo u otro, mutilados. Porque sólo perdiendo se deja espacio para algo nuevo, algo que podríamos llamar “futuro” o, sencillamente, “vida”. 

Y antes de acabar, por cierto, quiero comentar precisamente que las ilustraciones del libro son de Romina Berenice Canet, y se acompasan tiernamente con los versos.

He dicho antes que este libro, escrito en una isla, se abre y se cierra con la referencia insular. En su último poema, la propia poeta es una isla. Una isla emergida, una Atlántida que vuelve a la superficie haciendo balance de daños y mostrando la vigencia del cataclismo que la hundió. Pero, insisto, emergida y como dice, con Juan Gelman, en otro verso, lista para remar, porque: “Todo brazo/ es pretexto/ para seguir remando”.

Producción audiovisual de Carolina Ramírez – Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM.

Icono fecha publicación   22 de octubre de 2026

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Mateo Rello

Nació en Badalona, España, en 1968. Entre sus poemarios destacan Los primeros ángeles (La Garúa, 2017), De magos y mineros (Una historia de Plutón) (Libros de Aldarán, 2022), Dos que se besaban en la muerte (Libros de Aldarán, 2025). Dirige la revista Caravansari y su bienal, que se celebra en Barcelona. Ha participado en varios festivales internacionales de poesía en Venezuela e Italia y en diversas antologías poéticas.

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Universidad Nacional de Villa María

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ISSN 2618-5040

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