Lenguajes, juegos, destinos

Que las hay, las hay
por Carina Sedevich

Le sens se produit dans le non-sens.
Jacques Lacan

Corría el último año del caballo de fuego del milenio pasado y Lacan dijo, en uno de sus seminarios, que “es su destino mismo” lo que cada persona “desafía por medio de la irrisión significante”. Hablaba de la búsqueda de sentido: ese sentido que es lo que más nos pesa en la vida, cuando no lo encontramos y cuando sí. Siempre recuerdo un verso de una canción muy conocida: “vivir atormentado de sentido”. La frase es una flecha que nos alcanza a todos como venidos del lenguaje, o mejor aún, de la lengua: de eso que nos parte, que paradójicamente nos construye en la falta, en el sinsentido que crea las condiciones para que estemos la vida entera intentando procurarnos un ser.

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La primera en hablar-me fue mi mamá. Mucho. Contaba, cantaba y decía versitos. Después me hablaban la radio, los discos. Había que entender. Había que adherirse a los fragmentos dilucidados para armarse. Me habré ido aferrando a lo que aparecía en mi horizonte auditivo como a palitos boyando en el agua de los días. Después las palabras adquirieron otra materialidad, llegaron a mis ojos, pasaron a mis manos. Se hicieron cada vez más cuerpo.

Ilustración
En algún momento empecé a hacer cosas con eso, con las palabras. Creí que creaba. La ilusión de despegarse un poco, de vislumbrar algo propio, nuevo, original. La ilusión que dura toda la vida. La ilusión de un pez que se olvida de su pecera, de vez en cuando. El descubrimiento de los juegos, de los desplazamientos, de las formas de alivianar el sentido inevitable.

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El descubrimiento de mis juegos preferidos: los del lenguaje. Sus reglas, que pueden ir moviéndose, modificándose, pero tienen que estar. Para seguir en la ilusión de ser hay que jugar los juegos del sentido. Para Olga Orozco había juegos peligrosos, “bastardos”, decía. Y otros más “elevados”, juegos “sagrados”. Los jugó a todos. Sabía que una no es nada fuera del juego, fuera del sentido atormentador. 

Yo tenía 12 años. La monotonía de Realidad 84, el noticiero de la tele, se rompía con la aparición de dos mujeres: Chichita de Erquiaga, la “ecónoma”, que cocinaba en vivo recetas nutritivas y abundantes para toda la familia, y Lily Sullos, la astróloga húngara de vida y muerte exóticas, que contaba cómo le iba a ir a cada signo del zodíaco durante la semana. En los quioscos de revistas empezaron a venderse fascículos semanales de Chichita y de Lily. Mi mamá coleccionó los de Chichita. Los compró y los encuadernó, para mí y para mi hermana, decía. Pero yo cada tarde devoraba los fascículos de la colección de Lily en la casa de una amiga.

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Me costó mucho aceptar los juegos que hacían sentido para mí. Los sagrados y los bastardos, por usar las palabras de Orozco. Los sagrados me fueron tomando de a poco, se hicieron cuerpo conmigo y no me abandonaron ni en los momentos en que los relegué. La poesía no me dejó ni cuando dejé de escribirla, durante muchos años, mientras me esforzaba por ser quien creía que debía ser, mientras me disfrazaba de “ecónoma”. Los juegos profanos también acechaban siempre, me acompañaban desde fuera de escena.

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A principios de este milenio me regalaron un mazo de tarot egipcio. Lo guardé en su estuche a lo largo de veinte años. Durante este tiempo, mudanza tras mudanza, viaje tras viaje, he ido perdiendo y olvidando cosas. Siempre supe, sin embargo, donde estaba guardado ese mazo de tarot. Hace bastante poco me animé a sacarlo de su estuche para empezar a mirarlo, a tocarlo. Las cartas, como las palabras, no dicen nada hasta que no pasan al cuerpo.

Olga dice que dejó de echar el tarot. El juego de repente se volvió terrible. Bastardo, dice ella. Ya no servía para alivianarse de sentido, digo yo.

Olga dice que dejó de echar el tarot después de ver en él la muerte de un amigo. También que la perturbó mucho un sueño en el cual una multitud de personas la acusaba de haberle prometido cosas que no se cumplieron. El juego de repente se volvió terrible. Bastardo, dice ella. Ya no servía para alivianarse de sentido, digo yo. Peligroso, dice ella. La poesía también es peligrosa, digo yo.

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En La cartomancia Olga identifica su carta, la carta de la consultante, y la ve acompañada de El Loco, junto a quien ha “velado”, dice, “el puro advenimiento del milagro:/ un poema”. Y continúa: “Pero nada ha llegado./ Nada que fuera más que estos mismos estériles/ vocablos”. También se rompe, entonces, el juego del poema, ese juego sagrado, que elegimos. También nos sofoca de sentido.

Pero qué se puede hacer más que seguir jugando para intentar darnos un ser. Qué se puede hacer más que ensayar los juegos que aligeran el tormento del sentido. Los juegos del lenguaje no nos van a abandonar, estarán ahí aunque quedemos a oscuras, aunque quedemos a solas, “hasta que cese de girar la Rueda del Destino”, como vos decís, querida Olga. 

Fotos y video de sitios públicos de internet. Producción audiovisual de Carolina Ramírez – Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM.

Icono fecha publicación  31 de julio de 2025

Carina Sedevich

Se graduó en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional de Villa María. Cursó el doctorado en Semiótica en el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba. Su obra poética ha sido publicada en diversos países de Europa, Asia, Norteamérica y Latinoamérica y traducida al inglés, al chino, al portugués, al italiano, al polaco y al catalán. Entre otras distinciones, recibió el Premio de Poesía José Pedroni. Dirige Revista Ardea desde la Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM.

 

Universidad Nacional de Villa María

Secretaría de Comunicación Institucional
Bv. España 210 (Planta Alta), Villa María, Córdoba, Argentina

ISSN 2618-5040

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