Poesía en dos lenguas V

Dolo Trenzadora
por Carina Sedevich

La protagonista de esta entrega se llama Alicia Aquino, pero su nombre de poeta, el que ella eligió, es Dolo Trenzadora. La conocí personalmente en el Festival Internacional de Poesía de Rosario en 2023, pero ya me había hablado de ella Liliana Ancalao, la primera poeta que entrevistamos para la serie Poesía en dos lenguas. Con Dolo nos encontramos en el comedor del hotel la última mañana del Festival, cuando ya todxs lxs invitadxs partíamos rumbo a la terminal o el aeropuerto para volver a casa. No había mucho tiempo para conversar en aquel momento, pero le propuse concretar más adelante una charla para compartir con lxs lectores de Revista Ardea su experiencia en la escritura -y el canto- de poesía en guaraní y en castellano.

Sé que el guaraní es tu idioma materno, el que aprendiste primero y a través del cual te comunicaste siempre oralmente con tu familia y tu comunidad más cercana. ¿Cómo fue tu inmersión en el castellano? Si fue al comenzar la escuela, por ejemplo, me gustaría saber, si te acordás, qué cosas sentiste que pasaban dentro tuyo mientras aprendías un nuevo idioma. Tal vez fue divertido, tal vez confuso, me imagino una mezcla de sensaciones. En todo caso, si eras muy chica y tal vez fueron procesos sobre todo inconscientes, ¿qué sentiste cuando te diste cuenta de que habitabas un mundo que podías percibir y expresar desde dos estructuras lingüísticas-culturales diferentes?

Frente a esta pregunta, me resulta difícil no hacer mención a la carrera que elegí siempre, es decir, al profesorado en Lengua y Literatura. Primero cursé Letras en la Universidad de Buenos Aires, luego dejé y, años más tarde, retomé en un profesorado la misma carrera con más o menos los mismos docentes, pero en otra casa de estudios, el Instituto de Educación Superior N°1 Alicia Moreau de Justo. Y empiezo a responderte por acá por dos motivos: primero, los profesorados en CABA están siendo vapuleados hace años. Esto es injusto porque los profesorados de enseñanza media y nivel superior son un reflejo de las universidades, por más que esta afirmación pueda sonar polémica. Lo digo en el sentido de que dan espacio a docentes que salen de la UBA, por ejemplo, tanto a la hora de enseñar como de volver al lugar de estudiantes, a la vez que los programas de estudio para las materias muchas veces resultan ser los mismos. De todos modos, la necesidad de la existencia de estas instituciones hoy es puesta en duda. El segundo motivo por el que encaro desde este lugar la respuesta es que siempre estudié lo mismo porque siempre me fascinó el proceso de aprendizaje inconsciente de la lengua en uso. En casos de hijxs de hablantes de lenguas indígenas está, por un lado, el aprendizaje de la lengua oficial y, por otro, el de las que fueron silenciadas sin éxito. En mi caso, el guaraní avañe’ë, paraguayo, un poco de jopará (la mezcla de castellano y guaraní).

El guaraní siempre es canto de lucha y el castellano el idioma del sometimiento, del barrido de las diferencias.

De chiquita no tenía, obvio, el dilema de qué estaba hablando. Mis viejxs me hablaban en guaraní para contarme, pedirme, retarme, mimarme, secretear, lxs escuchaba hablar entre ellxs o con parientes y amistades en guaraní y entendía todo, eso era divertido y se sentía orgánico porque no era sólo el idioma de casa, era “la normalidad”. También era “la normalidad” ir al patio, a la escuela, a la calle y escuchar a la vecina gritar en castellano. Quiero decir, la diversidad no era algo que me llamara especialmente la atención; sin embargo, el conflicto externo a casa (en la escuela, en la calle, con lxs vecinxs) respecto a la diversidad sí me llamaba la atención. El extrañamiento venía por el lado de la violencia frente a lo supuestamente diferente que, para muchxs, era moneda de cambio. Para todxs, bah. Ahí me daba cuenta, ya de chica, que había idiomas que estaban bien, otros que no tanto. Un día le pregunté a mi vieja si podía cantar en inglés y me respondió: “primero aprendé a hablar tu idioma” [eñepurü ha eikua’a paite nde ñe’ë] y ahí ella, sin darse cuenta, me puso en jaque porque “mi” idioma era primero el guaraní en casa -de hecho, su respuesta fue en guaraní- y después el castellano. Hoy la estructura sintáctica del guaraní a veces me sale en castellano y el castellano con la estructura del guaraní. Lo gracioso es que me mandaron a estudiar inglés, obvio, el idioma wannabe de los noventa.

Entonces, lo primero que sentí fue confusión y pertenencia. Y por un tiempo eso fue “la normalidad”, después empecé a sentir curiosidad por sentir “legitimidad” y me río por usar esa palabra… Lo que quiero decir es que necesitaba experimentar saber escribir -más o menos- en el guaraní que hablaban mis viejxs. Ellxs me hablaban en guaraní, no lo escribían. Entonces ahí se trazó un camino: entender los mecanismos que hacen que una lengua sea entendida como tal, como norma y, también, cómo subvertir la norma.

¿Y cuándo aparece en escena la escritura de poesía en guaraní?

Primero apareció la necesidad de comprender por qué “lo distinto” es receptor de hostilidad dentro de un territorio que establece qué es lo normal y qué es lo diferente, que siempre es señalado para luego ser o apropiado o excluido. Cuando digo esto pienso, por ejemplo, en la diferencia entre los guaraníes (avañe’ë, tupí, mbýa, aché, entre otros) y otro idioma como el mapudungun, los tratamientos institucionales entre los guaraníes en sí y un idioma leído/escuchado como “terrorista” no son los mismos. Entonces, todas esas polémicas me despertaron el deseo de búsqueda: ¿cómo se escribe y “cómo se escribe bien”?, ¿y si lo escribo más bien como lo escucho o como recuerdo? No es algo novedoso: gente como Cristino Bogado ya trabajan el multilingüismo y el escribir como se escucha, de Roberto Arlt se decía que “escribía mal”. Luego viene esta pregunta, desde la gramática, en literatura, en poesía, ¿qué significa escribir mal cuando, al fin y al cabo, el mensaje llega? Todas estas dudas, paradójicamente, tenían que pasar por la academia, por el Centro Universitario de Idiomas donde Verónica Gómez nos enseñó una gramática que después cada uno siguió investigando, estudiando (o no) y también -desde la teoría- el pasaje por el profesorado. Primero empecé a cantar en guaraní, después empecé a escribir. Pero, si te soy sincera, y me causa gracia, el guaraní era mi idioma de la seducción ya lejos de la familia. Me chamuyaba chicxs tirando frases en guaraní, poniendo sobrenombres cariñosos en guaraní, después se metió en el canto -otro idioma de la seducción- y más tarde en la escritura. Ese fue el camino y empezó, más o menos, por 2008.

¿Encontrás similitudes entre el guaraní y el castellano? Lo pregunto, por supuesto, desde el total desconocimiento de tu lengua. Similitudes fonéticas, sintácticas, léxicas.

En verdad no y eso siempre me generó conflicto gramatical. Suena gracioso, pero es un gran problema. Me acuerdo de que mi viejo me decía que a él le costó muchísimo no hablar en guaraní, no pensar en guaraní, acá en Argentina y eso le trajo muchas trabas a nivel laboral. Por eso no me hablaba del todo en guaraní. Por el contrario, mi vieja siempre fue militante sin “peros”. Con esto quiero decir, esa preocupación paterna y esa insistencia maternal no me trajeron problemas en la escuela ni en la vida laboral, sino a la hora de pensar en la poesía y en las canciones. Si hablamos del joparä, que es la mezcla castellano/guaraní, lo que se entiende comúnmente como “paraguayo”, las similitudes las encontrás en la asimilación y fusión de una lengua con la otra (sin especificar qué sería la una y la otra), en el la tonada y cadencia está alojado lo “paraguayensis”, dirían Bogado y Diegues. En la forma del decir de un idioma no oficial como el joparä, de una variedad dentro del idioma oficial que es el avañe’ë, ahí, en lo “mal dicho” están las similitudes con el castellano.

Si tengo que describir al guaraní y al castellano, siempre lo hago desde la textura de la tensión entre ambos idiomas, o sea, desde la aspereza de su vínculo. 

El avañe’ë es otra historia, otro sistema gramatical, otro ordenamiento del sujeto, verbo, objeto. En el guaraní la raíz del verbo no cambia, se le agregan partículas lingüísticas que aportan sentido temporal, espacial. Además, el género no se distingue por pronombres, aunque hay palabras muy específicas para roles masculinos o femeninos. Por ejemplo, soy tanto memby -hija de mi madre- así como rajy -hija de mi padre-. Entonces, a la hora de pensar en guaraní, esas son las cuestiones que se vuelven difíciles. 

Si tuvieras que describir al guaraní y al castellano, ¿cómo lo harías? Te lo pregunto porque, por ejemplo, para mí el guaraní suena dulce, melódico.

Es cierto, el guaraní es musical. Y si le preguntamos a un profe de lenguas clásicas nos va a decir que el griego era musical. Ahora bien, el castellano “es la norma”, la “institución”, el guaraní hace dos siglos que es la resistencia (ojo: hablo del guaraní en conflicto con el castellano y la hegemonía de este último, no del guaraní avañe’ë en conflicto con variedades del mismo idioma).

Si hablamos del territorio, de la tierra, del idioma que la identifica y, en consecuencia, de las tensiones, conflictos incluso bélicos que esas -de nuevo- diferencias traen consigo, en ese sentido el guaraní siempre es canto de lucha y el castellano/español el idioma del sometimiento, del barrido de las diferencias. Repito mucho esa palabra (“diferencia”) porque en la piel y en el habla se empieza a tramar la disputa por el ocultamiento de la textura, de lo distinto. 

Si tengo que describir al guaraní y al castellano, siempre lo hago desde la textura de la tensión entre ambos idiomas, o sea, desde la aspereza de su vínculo. 

¿Sentís que la que escribe-habla-canta en castellano es una Alicia diferente a la que lo hace en guaraní?

En verdad, la que escribe-habla-canta en clave de poesía es Dolo Trenzadora porque es la que puede tomarse licencias. De algún modo, “Alicia”, el nombre, tiene una carga y potencia literaria de la que no me puedo hacer cargo a la hora de referirme a mí misma como escritora. “Dolo Trenzadora” me da una libertad de juego discursivo que mi nombre “legal” no me da porque está ligado a una lectura transversal, extra literaria y a un modo de ser “Alicia” (es decir, a una niña que busca “la virtud, la verdad”, la niña con voz de anciana, la musa de Carroll).

A su vez, “Dolo Trenzadora” es un nombre con una historia dentro de la poesía, es como llama e invoca Safo de Mitilene a Afrodita y es mi manera de pedir ayuda -sin explicitar- a la hora de cantar y de encontrar las palabras más precisas para expresarme “con palabras de este mundo”, como diría Alejandra Pizarnik. 

¿Qué cosas sentís que podés expresar mejor en guaraní que en castellano? Y al revés, ¿te pasa que para algunas cuestiones preferís expresarte en castellano?

Hay secretos, como los de una pérdida, que me parece que suenan y se entienden mejor en una lengua que en otra. Lo resumiría así: cuando pierdo, muchas veces digo en guaraní, cuando me enamoro también. En castellano intento desarmar/desarticular/desandar eso que en guaraní suena tan preciso. 

¿Las canciones que cantás son de tu autoría?

Sí, la mayoría. También intento hacer traducciones de temas en inglés o en castellano al guaraní, por ejemplo Heaven is here de Florence Welch, que lo traduje como Arapy oi ko’ape

¿Por qué optás en los videos por no traducir o subtitular? Te lo pregunto porque me encanta explorar idiomas no tan usados como el inglés y me frustra no encontrar los subtítulos para ir aprendiendo mientras veo-escucho. 

Lo cierto es que muchas veces, como te decía, me gusta que la lengua sea algo secreto. Cuando me escriben y me piden que traduzca lo hago, obvio. Sin embargo, hay algo en la lengua como “herramienta de resguardo” que necesito explicitar en ese secreto a voces. Al mismo tiempo, el guaraní -a diferencia del inglés- siempre ha sido un arma de resistencia cultural, al menos en las variedades que conozco. Es mi manera de honrar esa resistencia y ese secreto. 

¿Hay escritorxs-compositores guaraníes que sean referentes para vos?

Sí, Susy Delgado, Mario Castells, Cristino Bogado, Rosicrán. Los cantos propios de agrupaciones Ava y Mbya. El trabajo respetuoso que hace Charo Bogarín. Flor Bobadilla desde Chaco y Misiones. 

¿Sabés si se lee poesía en guaraní en los colegios argentinos en los cuáles se ha incorporado el idioma?

Sé que en provincias como Corrientes, Chaco, Misiones el guaraní es parte de la currícula, en Buenos Aires hay una preocupación y ocupación docente en incorporarlo para no dejar afuera a chicxs que en sus casas viven el bilingüismo guaraní-castellano. Sin embargo, en el contexto actual dudo que se promuevan políticas que se orienten a profundizar el aprendizaje de lenguas indoamericanas, indígenas, originarias. 

¿Qué poetas que escriben en castellano te gustan particularmente? ¿Pensaste alguna vez en traducir algunx al guaraní?

Tengo una obsesión con las cantantes, como Nancy Pedro o Silvia Pérez Cruz, sus canciones y las traducciones de las mismas. Pero sí, he traducido a Susy Delgado al castellano -como puedo, porque ella es una maestra-. Y no mucho más, la verdad. Mi encantamiento con la poesía del otrx en este momento pasa por las canciones.

Ilustración de portada de Sofia Bonati. Fotos y videos de sitios públicos de internet. Producción audiovisual de Carolina Ramírez – Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM.

Icono fecha publicación  22 de agosto de 2024

Carina Sedevich

Se graduó en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional de Villa María. Cursó el doctorado en Semiótica en el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba. Su obra poética ha sido publicada en diversos países de Europa, Asia, Norteamérica y Latinoamérica y traducida al inglés, al chino, al portugués, al italiano, al polaco y al catalán. Entre otras distinciones, recibió el Premio de Poesía José Pedroni. Dirige Revista Ardea desde la Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM.

 

Universidad Nacional de Villa María

Secretaría de Comunicación Institucional
Bv. España 210 (Planta Alta), Villa María, Córdoba, Argentina

ISSN 2618-5040

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